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    «Quizà el oficio del traductor es más sutil, más civilizado que el de escribir: es obvio que el traductor viene después del escritor.
    La traducción es una etapa más avanzada».
    Jorge Luis Borges
     

    PRAGMATICA Y TRADUCCION

    una propuesta para el tratamiento de las inferencias conversacionales
    Miguel Pérez*, Elena Garayzábal Heinze**, Mohamed El-Madkouri**[1]
    (Universidad Autónoma de Madrid)

     

    Hay autores que ganan en la traducción y otros que perecen en ella [...]

     

    [...] Hay un mundo pedestre, serial, que manipula todas las intenciones. Ante esa realidad debemos jerarquizar a los traductores como se hace con las figuras literarias y otorgar premios que reconozcan su labor. Es sorprendente ver que en las críticas que publican nuestros periódicos y revistas apenas se aluda al valor de las traducciones, como si el español de los libros no fuese responsabilidad de los traductores. Yo veo en esto una de las causas de porqué anda hoy tan mal la literatura traducida de nuestro idioma

     (Herberto Padilla)

      

    Abstract

     

    The purpose of this article is to give a solid theoretical framework to understand conversational inferences from the translation point of view, to derive applications that lead us to adopt this theme in applied and real translations through different languages and cultures.

    Inferences are a lack in the field of translation and that avoids an effective treatment of the translation phenomenon.

     

    1- Introducción

     

    El objetivo de este trabajo consiste en proporcionar un marco teórico sólido y bien definido que permita emprender un acercamiento a las inferencias conversacionales desde el punto de vista de la traducción. De esta manera, se conseguirá delimitar correctamente el objeto de estudio al que nos enfrentamos, derivándose de esto subsecuentes aplicaciones que nos permitan abordar esta cuestión de una forma práctica y real en las traducciones entre lenguas y culturas diferentes.

    Para ello, partiremos de una revisión del fenómeno inferencial en las obras traductológicas, lo cual pondrá en evidencia las carencias que éstas manifiestan y que, por otro lado, impiden que se haga posible un tratamiento efectivo de este fenómeno en la traducción.

    La revisión del campo de los tratados teóricos en el seno de la traductología, en lo que concierne a las inferencias, nos proporcionará las claves y las líneas a seguir para establecer un modelo teórico adecuado a la realidad práctica que hay que trabajar. Éste será el punto de partida para focalizar y priorizar las acciones que se han de desarrollar y llegar así a la realidad comunicativa de los hablantes y sus enunciaciones, facilitando la delimitación de entidades concretas susceptibles de recibir la atención de métodos de traducción específicos.   

     

    2- Las inferencias conversacionales en los estudios traductológicos

     

    Una mirada al estado de la cuestión, en los últimos años, permite translucir el vacío y la confusión teórica al respecto. Así, las referencias a la parcela de las inferencias conversacionales se suelen limitar a escasos y pobres compendios de conceptos, escogidos sin criterios claros, provenientes de autores como Grice o Sperber y Wilson. Además, no hay un consenso claro en cuanto al espacio teórico al que esta perspectiva se adscribe: unos, como Hatim y Mason (Hatim, Mason, 1995) lo circunscriben al campo de estudio de la pragmática; otros en cambio, a la forma en que lo hace Peter Fawcett (Fawcet, 1997), creen que tales vicisitudes deben encuadrarse en el dominio de la psicolingüística; los hay incluso que no le conceden ningún espacio de asentamiento explícito en su desarrollo (Lederer, 1994). En cualquier caso, el resultado no suele ser el de un espacio acotado, sino el de un cajón desastre que se muestra a toda prisa con la vista puesta en lo que sigue.

    No hay duda, no obstante, de que cuando hablamos de inferencias conversacionales nos movemos, como dice Lederer (1995), en el terreno de lo implícito, allá donde los presupuestos y las insinuaciones se entrelazan con la lengua para condicionar el significado de los textos:

     

    La compréhension embrasse delle des présupposés et des sous-entendus, qu´on peut classer sous le terme general d´implicites. Ils sont indisociables de la connaissance de la langue et ont leur importance, car ils ons une incidence sur le sens des textes au même titre que l´explicite linguistique. (Lederer, 1995: 34)

            

             Según este mismo autor, para el caso concreto de la traductología, los presupuestos de la lengua son el resultado de la asociación de los significados con el conocimiento del mundo, mientras las insinuaciones son las intenciones que forzaron la enunciación de lo dicho. De esta manera, Lederer llega a la conclusión de que el traductor o el intérprete tiene que combinar tanto lo explícito como lo implícito: hay que saber ajustar los presupuestos que transporta la lengua con las insinuaciones exteriores al acto de traducción para una verdadera comprensión de los textos.

             Sin embargo, es necesario profundizar más y ahondar en los procesos y principios que determinan que esa parte implícita sea extraída por el interlocutor de cualquier hablante o escritor. Basil Hatim e Ian Mason (1995) afrontan esta tarea aclarando, en primer lugar, que es necesario ampliar el campo de estudio desde la consideración del significado de la oración, o del texto, hacia la del significado del hablante y del significado del oyente (o del escritor y lector). Así, y según ellos, la concepción de entender el significado del texto original es errónea; es más adecuado tratar el significado del lector como una interpretación del significado del escritor:

     

    La tarea del oyente o lector es construir un modelo de la intención comunicativa del hablante o escritor, en consonancia con las indicaciones que van apareciendo a medida que se procesa el texto y con el que el primero sabe del mundo en general. (Hatim, Mason, 1995: 122)

     

             Tenemos ahora, por tanto, que distinguir entre el conocimiento del mundo y el conocimiento que el texto porta, en palabras de Beaugrande y Dressler (1981): “conocimiento ofrecido por el texto y conocimiento del mundo”. Llegados a este punto, es necesario hacer notar, no obstante, que estos conceptos introducidos hasta ahora no son suficientes para satisfacer la comunicación, puesto que ni los hablantes disponen, cada uno, de todo el conocimiento del mundo, ni todos los hablantes coinciden en sus conocimientos sobre el mundo. De esta manera, para que la comunicación sea posible el hablante/escritor y el interlocutor/lector necesitan de un espacio de conocimientos compartido que permita la interacción: los conocimientos compartidos:

            

    Todo lo que guía a un hablante al tratar algo como dado o compartido es lo que da por supuesto que el oyente da por supuesto. (Prince, 1981:232)

            

              Siguiendo a Hatim y Mason:

     

    Nunca podemos saber lo que nuestro interlocutor sabe; pero sí que podemos elaborar suposiciones sobre el entorno cognitivo que ambos compartimos, y, de hecho, es así como actuamos. (Hatim, Mason, 1995: 122)

     

             Más adelante, estos autores distinguen entre entidades nuevas en el discurso, entidades evocadas textual o situacionalmente, y entidades inferibles. Según ellos, una entidad evocada es la que ya está activa en el modelo discursivo en construcción, bien gracias al co-texto o porque es situacionalmente relevante

     

    Lo importante aquí, desde el punto de vista de la traductología, es que lo inferible o situacionalmente evocado para el lector del texto original puede no serlo para el lector de la versión. (Hatim, Mason, 1995: 122)

     

             Esto es, existe un sistema subyacente de conocimientos y aptitudes que forman parte de la competencia de transferencia. Ésta consiste en la capacidad de recorrer el proceso de transferencia desde el texto original a la elaboración del texto final, lo que supone saber comprender el texto original y reexpresarlo en la lengua de llegada según la finalidad de la traducción y las características del destinatario (Hurtado Albir, 2001)

    Parece, pues, que el caballo de batalla de toda traducción es el hecho de que los destinatarios del texto original y los de la versión traducida se muevan en entornos cognitivos diferentes, lo que hace que no estén en la misma disposición a la hora de enfrentarse a la tarea de la inferencia. Ahora bien, ¿cómo abordar esta problemática? Hatim y Mason hacen uso de los conceptos de “efectividad” y “eficacia” para intentar responder a la pregunta, además de argüir las propuestas de Grice, por un lado, y de Sperber y Wilson, por otro, para ello. El traductor debe tener en cuenta distintos supuestos  sobre los separados entornos cognitivos de los usuarios del texto original y de la versión. Esto es, está obligado a calcular lo que puede ser presupuesto o compartido con los receptores a los que se destinan las traducciones, buscando un equilibrio entre las ya citadas entidades nuevas, evocadas e inferibles que haga posible que el destinatario infiera la intención comunicativa del productor. Para alcanzar este equilibrio, Hatim y Mason utilizan los términos de efectividad (“alcanzar la máxima transmisión de contenido relevante o cumplir con una meta comunicativa”[Hatim, Mason, 1995:123]) y eficacia (“alcanzar lo anterior del modo más económico, dando lugar al mínimo gasto de esfuerzo de elaboración”[ Hatim, Mason, 1995:123]). Esto quiere decir que el traductor tiene que controlar la información que los receptores necesitan, para llevar a cabo las inferencias, considerando estos dos nuevos baremos: explicitar el contenido mínimo más relevante con respecto a la intención del texto. Ambos conceptos se ponen, además, en relación con las máximas conversacionales de Grice, en concreto con las de cantidad y relevancia. La primera dice:

     

             Actúa de modo que tu contribución sea tan informativa como sea necesario

             No actúes de modo que tu contribución sea más informativa de lo necesario

     

             Sin embargo, dicen Hatim y Mason, “lo que es <<necesario>> para un determinado propósito comunicativo en el entorno cultural de la lengua de llegada es, por consiguiente, un asunto que el traductor ha de valorar. Y en estos términos es como podemos definir la adecuación” (1995:124). A la luz de esta máxima de cantidad, las nociones de elipsis y redundancia en la traducción se pueden tomar como variables pragmáticas dependientes de las presuposiciones acerca de los respectivos entornos cognitivos de los usuarios del texto original y de la versión.

             La relevancia a la que se hace referencia en la definición del término de efectividad se relaciona con la máxima de relevancia:

     

             Sé relevante

     

             Y para definir el mismo concepto de relevancia se acude a la obra de Sperber y Wilson (1987), quienes llevan este principio a la posición de factor central por el que se rige la interpretación de una realización. De esta manera, los oyentes infieren la información más relevante para el contexto que el hablante explicita, y esta relevancia está en función de la relación de dicha inferencia con las representaciones previas de estos oyentes: cuanto más contribuye una suposición a introducir algún cambio en nuestros conocimientos, en un contexto dado, más relevante es. Hatim y Mason nos recuerdan, por ende, que lo que es relevante en un entorno (el del texto original) no tiene por qué serlo en otro (el de la versión); es por esto por lo que los traductores son los que deben valorar la relevancia en función de los destinatarios pretendidos, y así calcular el adecuado equilibrio entre lo nuevo, lo evocado y lo inferible en el texto producido. Para terminar de comprender este proceso de las inferencias conversacionales, además, estos autores traen a colación la teoría de la violación de las máximas conversacionales de Grice, la cual explica el fenómeno que desencadena la puesta en marcha de la inferencia:

     

    Uno de los hallazgos de Grice es que, cuando una máxima es aparentemente violada, los participantes en la conversación tienden a inferir algún contenido inexpresado (“implicatura”) antes de abandonar el supuesto de que se mantiene el principio de cooperación.     

     

             A la luz de esta misma afirmación, otro autor, Peter Fawcett (1997), llama la atención sobre la necesidad de reflexionar acerca de las implicaciones de la misma para el traductor:

     

    In addition to supplying macro-level translation principles based on the Gricean maxims, implicatures will also operate at the micro-level, since it is assumed that different languages will apply the principles in different ways in different situation, and this Knowledge should be part of translator competence. (Fawcett, 1997: 133)

     

    Para este autor, aunque las cuatro máximas de Grice (cualidad, cantidad, relación y modo), más alguna de las que se han añadido después (cortesía), se desarrollaron en un principio con vistas al análisis del lenguaje hablado, su relevancia para la lengua escrita y, por tanto, para la traducción es clara: “It could work both as a general theory of the act of translation (...) and as an instruction to translators to learn how the maxims are applied in the languages they work between and to act accordingly” (1997: 130). Ahora bien, en el momento de centrarse en la cuestión misma de las inferencias conversacionales, Fawcett mira también a la teoría de la relevancia. De esta forma, nos dice que el receptor es capaz de inferir la intención de su interlocutor haciendo uso de las propiedades lingüísticas, las cuales nos guían en la formación de representaciones semánticas en la mente, y de su propio conocimiento del mundo (“contexto”). Es aquí, pues, donde entra este principio de relevancia: elegimos del contexto aquellas suposiciones que tienen mayores efectos contextuales o beneficio y que requieren menos esfuerzo de procesamiento. Inmediatamente después, Peter Fawcett aplica este ámbito tan sucintamente delineado al mundo de la traducción. Para ello, recoge las consideraciones de Gutt (1991), quien utiliza esta teoría de la relevancia para ofrecer un panorama concreto a los traductores. Así, nos dice que el traductor debe elegir, fundamentalmente, entre dos tipos de traducción en función de lo que él considera relevante del texto original para la nueva audiencia: traducción directa o indirecta. A partir de las objeciones que indicaban la imposibilidad de saber cuál es realmente el conocimiento de la audiencia meta (Newmark, 1993), Gutt defiende la conservación de la forma de la expresión y del contenido del texto fuente para aplicar el principio de relevancia. Sin embargo, cuando habla de conservar la forma de la expresión no se refiere al mantenimiento de las formas estilísticas (esto sería imposible dada la tremenda variabilidad estructural entre las diferentes lenguas del mundo), sino a la conservación de las claves comunicativas que guían a los receptores en la correcta interpretación de las enunciaciones. Así, dos enunciaciones de dos lenguas distintas comparten las mimas claves o pistas si ambas llevan a la misma interpretación. Por todo ello, una traducción directa sería aquella forma de traducción independiente del contexto en el que ésta se produce que preserva las claves comunicativas y que necesita, entonces, del contexto original para que las inferencias se lleven a cabo. Ésta es la verdadera traducción para Gutt, puesto que él mantiene que las traducciones tienen que guardar una verdadera relación con la versión original. La traducción indirecta, por el contrario, es contextualmente dependiente, y en ella sólo se mantiene el significado de la obra original, de manera que el traductor hace los cambios necesarios para maximizar su relevancia, en función de su nueva audiencia, sin tener en cuenta para ello el texto original. La elección entre las dos formas descritas estará condicionada por lo que el traductor considera relevante para su público (“It is left to the translator to choose between indirect and direct translation (...) depending on what they see relevant to the audience, and to make the decision clear to the audience in a foreword” [Gutt, 1991: 181, 183]): en la traducción directa es necesario que los receptores estén familiarizados con el contexto asumido por el comunicador original (éstos corren con la responsabilidad de maquillar y recomponer las diferencias culturales); en la indirecta, habrá que llevar a cabo una adaptación de la obra original y compensar las desigualdades contextuales explicitando y haciendo evidentes las implicaturas.

    Llegado a este punto del repaso al estado de la cuestión, se hacen evidentes varias carencias. Por un lado, no hay un marco teórico claro y fuerte que sustente las aportaciones que estos autores hacen. Por otro, no se explican ni delimitan los conceptos utilizados: ¿qué es exactamente una implicatura? ¿Y una explicatura? ¿Qué significa exactamente que las suposiciones tengan efectos contextuales? ¿Qué son esas claves comunicativas de las que habla Gutt?¿Qué papel juegan éstas en el proceso de interpretación? Por último, no se deriva ninguna aplicación específica y concreta para traducir las inferencias conversacionales de una lengua a otra. Gutt sólo contempla dos alternativas: o se lleva a cabo un intento translación de las inferencias de una lengua a otra (sin la explicitud que debiera), pero manteniendo el nivel contextual del texto fuente (luego no se está haciendo una traducción real de la inferencia); o se sustituye ésta por una explicitación en la lengua fuente (luego no se mantiene la forma de “inferencia” en la lengua meta).

    Pero sigamos revisando los libros y artículos que desde la traducción se interesan por esta parcela del campo de la pragmática. En este recorrido, además de las referencias expuestas antes, donde se preconiza un acercamiento abarcador al fenómeno de las inferencias, hay otras muchas tentativas de estudio de manifestaciones precisas de éste. Tales son las reflexiones acerca de la ironía y su traducción. Mohamed El-Madkouri dice de la misma:

     

    Darla a la luz probablemente no suponga tantas dificultades como leerla y comprenderla y menos trasvasarla de una lengua a otra. Pues si el análisis de los mecanismos y procedimientos irónicos es todavía incipiente, lo es más la investigación acerca de las pautas para seguir en su traducción. (El-Madkouri, 1994: 391)

     

             Esto nos permite volver a retomar el trabajo de Hatim y Mason (1995), quienes partían del desencadenamiento del proceso inferencial en el hablante, a partir de la violación de una máxima conversacional por parte de su interlocutor, para volcarse en el elemento concreto de la ironía. De esta forma, ellos dicen que las máximas conversacionales más estrechamente relacionadas con la ironía son dos:

    -                      La de cualidad

    §         No digas nada que creas que es falso.

    §         No digas nada de lo que no tengas la necesaria constancia.

    Ejemplo:

    A.     -Igual te nombran gerente

    B.     -Sí, y a lo mejor las vacas vuelan

    -                      La de cantidad

    §         Actúa de modo que tu contribución sea tan informativa como se requiera

      Ejemplo:

    A (contemplando un aguacero). –Parece que está lloviendo

     

    Esto quiere decir que nos apoyamos en la violación de una máxima para hacer notar a nuestro interlocutor que estamos ironizando, o sea “que el hablante se disocia de la opinión expresada y que (...) está haciendo eco de un punto de vista para mostrar cierta actitud ante éste (ridículo, indignación, exasperación, etcétera)” (1995:129). El establecimiento de la inferencia apropiada se alcanzará por dos factores, en palabras de Hatim y Mason: “por el contraste de la opinión expresada en apariencia con cualquier opinión expresada contextualmente; y, posiblemente también, [por] el contraste de la opinión expresada en apariencia con lo que se da por sentado (el entorno cognitivo mutuo)” (1995:129, 130). El segundo factor mencionado, obviamente, es el que más nos interesa para el caso de la traducción, ya que el receptor del texto original puede moverse en un contexto socio-cultural distinto del que rodea al destinatario del texto meta. Esto conlleva que pueda haber diferencias entre lo que se da por supuesto en uno y otro. Al final del capítulo ambos autores proporcionan un ejemplo de traducción de ironía de la lengua francesa a la inglesa. En ésta, la máxima de cualidad se viola de diferente forma en la segunda, proporcionando pistas para que los lectores ingleses reconozcan la intención irónica. Lo más importante es que no se explican ni definen los criterios que se tienen que seguir en este proceso de transformación, de modo que el cambio de “forma” se hará de acuerdo con la intuición del traductor. Sin embargo, la muestra inglesa del ejemplo que ellos aducen hace uso de ciertos recursos lingüísticos diferentes de la versión francesa, lo que indica que sería posible realizar un estudio que tratase de introducir cierta sistematicidad en el procedimiento partiendo de dicho recursos. Aquí nos topamos, no obstante, con opiniones que podrían ir en contra de esto que se empieza a destapar ahora. Éste es el caso del autor citado antes con excesiva premura:

     

    La ironía no es un procedimiento estrictamente lingüístico sino que se basa, muchas veces, en realidades extratextuales. La ironía en estos casos no nace de una heterogeneidad lingüística sino de otro tipo de incoherencia con una realidad consabida, asumida y superada. (El-Madkouri, 1994: 397)

     

    Sin duda, se cruzan aquí las exposiciones de Mohamed El-Madokouri y las de Hatim y Mason: el primero se está refiriendo también, en el párrafo anterior, a las máximas conversacionales de Grice, en concreto a la máxima de cualidad. Sin embargo, se hace necesaria la siguiente pregunta: ¿en realidad las ironías basadas en este tipo de procedimiento (violación de máxima) no se apoyan en recursos lingüísticos o paralingüísticos fosilizados y gramaticalizados que son necesarios para que la enunciación sea verdaderamente recibida con intención ironizadora?

    Con esto se está queriendo decir que, aunque efectivamente la violación de la máxima conversacional sea un desencadenante de la interpretación inferencial, y ésta no sea un recurso estrictamente lingüístico, necesita ser acompañada de ciertas locuciones o fórmulas lingüísticas o paralingüísticas que aseguren nuestra intención irónica y que no seamos tomados por ignorantes. Podría haber quien dijese en este preciso instante que la mención de los rasgos paralingüísticos supone ya de por sí una confirmación de la tesis de El-Madkouri, pero el hecho de denominarlos de tal manera ya implica que son rasgos que van intrínsecamente ligados a lo lingüístico y que, por tanto, pueden ser afrontados por la ciencia lingüística. Prueba de ello es que la pragmática se ha venido ocupando de esta área de la comunicación desde el principio (Gumperz, Dell Hymes, 1972). Todo esto pretende resaltar que la violación de la máxima conversacional no provoca por sí sola la puesta en marcha de la inferencia; ésta se acompaña de elementos concretos que pueden ser objetivados y analizados.

    Para apoyar esto que se defiende, veamos algunos de los ejemplos que El-Madkouri presenta como casos de ironías que contradicen una “realidad consabida, asumida y superada”:

     

    Ejemplo1

    Discutir la esferidad terrestre tomando posturas precientíficas.

     

    En este caso, si queremos decirle a alguien, en clave irónica, que la tierra pudiera ser plana porque si no los terrícolas que habitasen la parte inferior del globo caerían al vacío al estar boca abajo, resulta difícil imaginarlo si no es haciendo uso de una entonación especial o, si no, de alguna fórmula idiomática introductoria que deje claro que no creemos realmente lo que decimos. Baste pensar el efecto que produciría si argumentásemos esta postura con tono serio y de la misma manera que argumentamos cualquier idea que sí profesamos realmente

     

     Ejemplo2

    Equivocarse de figuras históricas conocidas por todos.

     

    Aquí también aparecen los mismos elementos que en el caso anterior. Si quisiéramos ironizar con un ejemplo de esta clase sin hacer uso de ninguna entonación particular, y sin acompañar nuestra enunciación de ningún gesto facial o corporal, no parece haber otra opción que alguna “coletilla” del tipo “De todos es bien sabido que...” o algo por el estilo.

     

    3- Propuesta de un marco teórico para el estudio de las inferencias conversacionales y su aplicación en la traducción

     

    El apartado anterior no ha hecho sino mostrar las lagunas teóricas y aplicadas del estudio de las inferencias conversacionales en traducción. Así, la trayectoria seguida hasta aquí ha servido para delimitar el objeto de estudio ante el cual nos encontramos y los problemas a los que tenemos que hacer frente. Esto es, la visión panorámica ofrecida abre ya el camino y nos deja en disposición de entrever por dónde hemos de intervenir y qué dirección hay que tomar para conseguir llegar a una propuesta de enfoque sólida que permita cimentar una base sobre la que proyectar futuras aplicaciones directas entre lenguas específicas.

             Queda claro, además, que el conjunto de las aportaciones realizadas por los autores señalados dibuja un mapa en el que los aparatos teóricos de Grice y Sperber-Wilson juegan un papel protagonista. Sin embargo, el uso conjunto de ambos no es suficiente para conseguir una aproximación eficiente a la realidad

    PRAGMATICA Y TRADUCCION -Continuacion

    de la traducción, puesto que de él no se puede derivar una aplicación real y concreta a los enunciados que un traductor debe trasladar de una lengua a otra. Es decir, no es posible, con estos instrumentos teóricos, abordar la traducción de una inferencia conversacional en una lengua X a una inferencia que lleve a la misma interpretación, a partir de supuestos culturales y elementos lingüísticos diferentes, en una lengua Y. Hace falta, por tanto, una aportación que haga posible la proyección y el aterrizaje de estas dos en la realidad comunicativa.

             La propuesta que aquí se adopta es la formulada por Gumperz, la cual se dio a conocer en 1992 y permite recoger la tradición anterior, principalmente los enfoques de Grice (1975) y Sperber-Wilson (1987), y validarla en el contexto de la comunicación intercultural: cada uno de ellos es un complemento perfecto para los otros dos, puesto que mientras que el primero se centra en el contexto lingüístico de las inferencias, el segundo lo hace en el cognitivo (procesos mentales) y el tercero en el social (incluye el contexto situacional y socio-cultural de las inferencias). Por ello, la asunción de un modelo mixto que aglutine los tres marcos señalados será el punto de partida que la aproximación al campo de la traducción requiere. Este modelo ofrece una delimitación de las inferencias conversacionales, facilitando la explicación profunda y detallada de cómo los hablantes, en situaciones reales y cotidianas donde el lenguaje indirecto es la norma, son capaces de inferir, a partir del enunciado de su interlocutor, lo que éste quiere decir y su intención.

             Comencemos con los razonamientos de Grice. Éste, filósofo del lenguaje que defendió la creación de instrumentos que permitieran dar cuenta de la propia lógica del lenguaje, promovió la puesta en marcha de una lógica alternativa en la que la ambigüedad y la polisemia del lenguaje, presentes en las conversaciones cotidianas, apareciesen como aspectos positivos que enriquecen la comunicación y recogen muchos más significados (se transmite más de lo que se dice de forma explícita). De esta forma, es posible ver y analizar, desde la perspectiva de la coherencia, los siguientes enunciados:

     

    1.     A: ¿Vas a trabajar esta tarde?

    B: Me voy ahora mismo a casa

    2.     A: ¿Qué tal me ha quedado?

    B: Un poquito largo

    3.     A: ¿Te parece bien lo que ha dicho Jaime?

    B: Yo no digo nada

    4.     A: ¿Qué tal fueron las vacaciones?

    B: El hotel que nos recomendó Julia era un asco, la verdad.

    5.     A: Se me ha acabado el tabaco

    B: Hay un bar cerca

     

    Para articular esa lógica alternativa de manera que pueda evidenciar cómo los hablantes A llegan a interpretar de forma correcta lo que quieren decir sus interlocutores (B), Grice se basa en tres principios: el significado convencionalmente establecido de las unidades lingüísticas, el principio de cooperación inherente siempre en los seres humanos (que supone que en la interacción siempre se da la cooperación entre los interlocutores) y el conocimiento del contexto lingüístico y extralingüístico. El principio de cooperación se concreta en lo que Grice llamó “máximas conversacionales”, que no son otra cosa que diferentes normas que los hablantes siguen en la conversación para cooperar, y que se refieren a la cantidad y calidad de la información que se transmite en relación con las exigencias de nuestro interlocutor (que nuestra información tenga relación con lo que el interlocutor de un hablante exige). De esta forma, cuando en la conversación se trasgrede una de esas máximas, se está dando una pista a nuestro receptor para que desencadene un proceso de interpretación más complejo que vaya más allá de lo dicho de forma explícita: teniendo en cuenta los tres principios señalados y a partir de una transgresión de este tipo, se desencadena un proceso deductivo que es el que lleva al interlocutor a la comprensión de lo que dicho hablante quiere decir, a la implicatura.

    Siguiendo en la tarea de delimitación del marco de referencia teórica, en cuanto al modelo de inferencia a seguir, añadiremos a esta visión de Grice las aportaciones de la teoría de Sperber y Wilson, quienes se centran en los procesos mentales que tienen lugar en estas inferencias conversacionales, los cuales no aparecen mencionados en el discurso de Grice. Es pues, una teoría de inferencia que propone un modelo comunicativo propio y un esquema de funcionamiento de la mente humana que permita justificar su visión del proceso interpretativo implícito en una inferencia. Esta visión, entonces, es complementaria a la anterior, puesto que mientras la primera se centra en el contexto lingüístico que acompaña a las situaciones de inferencia, ésta lo hace en los procesos mentales que hay detrás de dichas situaciones. Siguen siendo útiles y estando vigentes, además, los tres principios fundamentales de Grice en el modelo de Sperber y Wilson.

             El modelo comunicativo introducido ahora implica cuatro actividades básicas: codificación / descodificación y ostensión / inferencia. Las dos primeras son inconscientes y hacen referencia a la transmisión y a la comprensión del mensaje utilizando el código lingüístico; las otras dos, conscientes, se refieren a la transmisión de significados implícitos y a su interpretación respectivamente. En la ostensión, el hablante llama la atención del oyente, sobre un hecho, enviando un estímulo ostensivo con el que atraer la atención de su interlocutor, revelándole así cuál es su intención comunicativa y provocando que éste ponga en funcionamiento un complejo mecanismo de interpretación que va más allá de lo explícito: la inferencia. Entran aquí, por tanto, además de las máximas conversacionales de Grice como posible estímulo ostensivo, otras de índole lingüístico o paralingüítico (unidades lingüísticas, entonación, gestos, etc.).

             Todos estos procesos se encuadran en el modelo de mente que ellos configuraron, en el cual la mente humana es comparada con un ordenador (metáfora del ordenador: un gran procesador que almacena, incorpora, modifica y recupera información). En éste, se adopta la explicación modular de Fodor, que supone, fundamentalmente y obviando todo el proceso de argumentación científica, que la mente se organiza en módulos periféricos e independientes, entre los que está el del lenguaje. Éste se encarga de la codificación / descodificación de la información lingüística que le llega de otros módulos periféricos (sensoriales). Junto a dichos módulos de carácter periférico se sitúa un gran procesador central en el que se encuentra la información almacenada y las operaciones mentales que manejan dicha información. La inferencia y la ostensión se ubicarían en el procesador central: el proceso de interpretación se da aquí y ya no es inconsciente como en el caso de los procesos que concurren en los módulos periféricos. En estos mecanismos inferenciales y ostensivos se calcula lo que el interlocutor sabe y hasta dónde se puede llegar para que éste pueda interpretar lo que el hablante quiere decir.

             La inferencia, pues, sigue siendo un proceso deductivo que realiza el interlocutor y que va más allá del significado descodificado, necesitándose, para el mismo, de la remisión al conjunto de conocimientos que dicho interlocutor posee: a partir de la descodificación del significado explícito de lo que dice el hablante, y del conocimiento del mundo, se lleva a cabo una deducción lógica que permite inferir el significado implícito. Ejemplo:

     

    -          A. ¿Ha encontrado Jorge su carné de identidad?

    -          B. Ha ido a hacerse unas fotos

     

    Lo importante ahora, entonces, será explicar cómo extraemos en este ejemplo, de todo nuestro conocimiento general, justo la interpretación de que Jorge no ha encontrado el carné. Es aquí donde entra en juego el principio de relevancia / pertinencia informativa, que es el que determina la selección de la información. Éste, entonces, viene enunciado por Sperber y Wilson en el modelo de mente que ellos proponen, el cual se basa en los conceptos de “efecto cognitivo” y “mínimo coste”: una información es más relevante / pertinente cuanta más información contextual lleva en su interior y menos coste suponga para el interlocutor (algo tendrá efecto cognitivo si revierte de alguna manera sobre la cantidad o calidad de la información almacenada). Así pues, este principio es el que asegura que, de entre todos nuestros conocimientos almacenados, consigamos utilizar aquellos que nos permitan resolver una situación inferencial con éxito, puesto que son los que más información llevan, en su interior, acerca del contexto de la interacción y del enunciado: de entre todos nuestros conocimientos sobre los carnés, deducimos que Jorge no lo ha encontrado porque esto implica que tenga que volver a iniciar todos lo trámites burocráticos, entre los que ésta el de hacerse fotografías.

    Además, Sperber y Wilson añaden, al término “implicatura” (el contenido que se construye a partir de lo explícito), el de “explicatura”, que es un enriquecimiento pragmático que los hablantes deben realizar en todo proceso inferencial: tipo de situación, intenciones y actitudes del hablante... Con estos conceptos, ellos defienden que el interlocutor, en las inferencias conversacionales, tiene que recuperar el contenido, el contexto, las actitudes y las implicaciones del enunciado. 

    Sin embargo, y como ya se ha mencionado antes, esta explicación sigue considerando la implicatura como el resultado de un razonamiento deductivo, dejando sin explicar multitud de situaciones que no encajan bien:

     

    -          A. ¿Vamos a hacer la compra?

    -          B. Vamos a estar fuera este fin de semana

     

    En este ejemplo no se puede extraer ni justificar una deducción unívoca, sino que se aplican hipótesis para obtener implicaturas. Esto, entonces, es un proceso abductivo por el que se aplican posibles alternativas sobre lo que se nos está intentando decir, lo que explica, además, que muchas inferencias sean cancelables y se puedan sustituir por otras en el transcurso de una interacción. Esta nueva perspectiva es introducida por el análisis de Gumperz, quien, además de esta novedad, permite que el modelo que hasta ahora se ha diseñado dé cuenta de las situaciones reales comunicativas.

    Gumperz entiende la inferencia como un proceso que se entiende sólo en el contexto y que maneja dos conocimientos: el lingüístico y el contextual. Lo más importante es que este conocimiento contextual incluye el conocimiento de la interacción, que es lo que el autor denomina como “conocimientos comunicativos” (para qué me estoy comunicando, cuál es mi función en la interacción, mi objetivo, etc.) y los conocimientos socio-culturales compartidos. De esta manera, a partir de lo que se dice (interpretación de los enunciados; elementos lingüísticos y paralingüísticos que guían la interpretación[2]) y del conocimiento general, teniendo en cuenta el tipo de interacción que se está produciendo (conocimientos comunicativos) y en el medio en el que tiene lugar (conocimientos socio-culturales), se produce la inferencia. Así, las inferencias se resuelven siempre en el contexto de la interacción, pues es necesario acceder a la información que éste proporciona para poder inferir el contenido implícito. Este modelo puede dar cuenta, por tanto, de las situaciones conflictivas en las que se producen fracasos en las interpretaciones por falta de conocimientos comunicativos o por la remisión a un marco diferente donde éstos se valoran de forma distinta. Un ejemplo de esto lo constituye el caso de los hablantes que se encuentran en un medio social / cultural diferente al suyo propio (extranjeros) y que, por ello, encuentran dificultades para acceder a los dobles sentidos y a la información implícita que hay presente en las conversaciones con personas pertenecientes a ese medio socio-cultural. 

    La teoría de la inferencia de Gumperz, por tanto, se apoya en varios pilares. Por un lado, la interpretación de cualquier enunciado entraña siempre realizar inferencias en el contexto de la interacción. Por otro, la inferencia entraña siempre un juicio provisional, en forma de hipótesis, de lo que se persigue comunicar; la validez de estas hipótesis sólo puede determinarse en relación con otros supuestos contextuales. En último lugar, aunque estos presupuestos provienen de nuestro conocimiento extralingüístico del mundo, en la conversación pueden ser reinterpretados, modificados y construidos interaccionalmente.

    Por ello, el concepto de inferencia se ve extendido a todos los procesos que permiten la interpretación, poniendo en juego el contexto cultural y las expectativas sociales. El punto de partida en la interpretación es lo que Gumperz llamará “los índices de contextualización”, que no son otra cosa que “el uso que los participantes hacen de los signos verbales y no verbales para poner en relación lo que se dice en un momento determinado con el conocimiento adquirido a lo largo de la experiencia, con el fin de recuperar los presupuestos con los que deben contar para mantener el compromiso en la conversación y determinar lo que se pretende” (Gumperz, 1992). Son, por tanto, las marcas ostensivas que ya señalaban Sperber y Wilson, o Grice, las cuales guían constantemente la interpretación de nuestro interlocutor permitiéndole saber cuándo es necesario ir más allá de lo explícito en el enunciado. A este respecto, advierte Gumperz, sin embargo, que los índices contextuales son distintos y tienen diferente significado en diferentes culturas. De esta forma, en un mismo contexto lingüístico, en dos culturas distintas, pueden darse dos posibilidades diferentes: el uso de diferentes índices contextuales o el uso de un mismo índice contextual con diferentes significados.

    Tenemos, de esta forma, y tras la presentación somera de los tres modelos básicos, un modelo global que toma como punto de partida los procesos implicados en las inferencias conversacionales, señalados por Sperber y Wilson (codificación, descodificación, ostensión, inferencia, principio de pertinencia / relevancia). En éstos se insertan las máximas conversacionales de Grice, y su trasgresión (tomando así su principio de cooperación), como posibles marcas ostensivas que utiliza el hablante manejando el contexto lingüístico y que desencadenan mecanismos interpretativos. Estas marcas pueden ser de distinta naturaleza (lingüística o paralingüística: entonación, gestos...), y permiten que el interlocutor relacione el contenido lingüístico del enunciado en el que están enmarcadas con los conocimientos generales de éste, poniendo en juego durante este proceso los conocimientos contextuales que los hablantes poseen (conocimientos comunicativos y socio-culturales). Es entonces, a partir de la codificación del enunciado, y de los conocimientos previos y contextuales que el hablante activa guiado por las marcas ostensivas de su interlocutor, cuando se infiere el significado implícito y las intenciones de dicho interlocutor. Esta inferencia se hace efectiva mediante razonamientos deductivos y abductivos, los cuales proponen posibles interpretaciones, del significado implícito de los enunciados, seleccionadas siguiendo el ya citado principio de relevancia informativa.

    Una vez edificado el marco teórico de este trabajo, tenemos que preguntarnos sobre su aplicación al mundo de la traducción. Pues bien, la explicación aportada permite abarcar el objeto de estudio de una forma seria y precisa, quedando patentes todos aquellos conceptos y fenómenos que en esta compleja realidad pragmática entran en juego. Éstos deben ser capturados para un adecuado tratamiento que pretenda acometer la traducción de una inferencia conversacional de una lengua dada a otra distinta. Además, y como ya se dijo al comienzo de este apartado, la introducción del enfoque de Gumperz nos permite completar y utilizar las perspectivas de Grice y Sperber-Wilson en la realidad de la comunicación entre culturas distintas, ya que introduce en el esquema el contexto situacional en el que tiene lugar la interacción. También es necesario traer aquí otra vez su concepto de “índices de contextualización”, que nos ofrece la posibilidad de buscar en los enunciados de los hablantes entidades concretas y objetivas que son, por tanto, susceptibles de recibir un tratamiento sistemático con vistas a su traducción. Si embargo, y como el mismo Gumperz subraya, éstos pueden ser diferentes y utilizarse con significados distintos en dos lenguas diferentes: un mismo gesto, por ejemplo (por no hablar de un elemento puramente lingüístico, donde es evidente) puede significar cosas diferentes, incluso contrarias, en medios distintos. Aun así, ya disponemos de realidades aprehendibles sobre las que focalizar nuestra atención. Esto significa que, en lugar de las realidades abstractas de las que hablaban el conjunto de autores que hacen de “corpus” de referencia de este trabajo, tenemos ahora referentes finitos y precisos que siempre acompañan, de una manera u otra, a las producciones de los interlocutores de cualquier comunicación y sirven de lanzadera para toda interpretación inferencial. Podemos ahora, por tanto, darle un nombre preciso a esas unidades que Hatim y Mason, inconscientemente, utilizaban para traducir una inferencia conversacional del francés al inglés. Será este momento el idóneo para recuperar aquel ejemplo que sólo se evocó de una forma no explícita con anterioridad (Hatim, Mason, 1995: 130):

     

    Traducción formal del texto francés al inglés

    Whose fault is it? You ask. Well, it´s German´s fault because they were the ones who declared two ruinous wars on us. And it´s the fault of the Russians who, in Moscow, are holding up the reconstruction effort… 

     

    Traducción adaptada al entorno cultural inglés, donde el entorno cognitivo no es el mismo, facilitando pistas que garanticen el reconocimiento de la intención irónica

     

           And whose fault is that? You might ask. Ah well, firs of all, there are the Germans who declared two ruinous wars on us. And there are the Russians who, far away in Moscow, are holding up our reconstruction effort…

     

    Lo que precisamente hay de nuevo en la segunda muestra son los índices contextuales que, en el inglés, garantizan el reconocimiento irónico. Se está produciendo, por lo tanto, una traducción de la inferencia que se vierte sobre los índices de contextualización para asegurar que la enunciación explícita se ponga en relación con los conocimientos generales. Para ello, se ha tenido en cuenta la situación sociocultural del contexto hacia donde se traduce, tomando como base que el entorno cognitivo de ambos tipos de audiencia (francesa e inglesa) no es el mismo. Veamos cuáles son los nuevos elementos introducidos en el segundo texto: 

     

    And whose fault is that? You might ask. Ah well, first of all, there are the Germans who declared two ruinous wars on us. And there are the Russians who, far away in Moscow, are holding up our reconstruction effort…

     

    Todos ellos pueden ser considerados como índices contextualizadores,  por cuanto son introducidos por el traductor para guiar y facilitar el reconocimiento de un significado implícito. Probablemente, sean las construcciones “firs of all, there are… And there are” las que, introducidas por la partícula “Ah” y apoyadas por expresiones, casi cómicas, como “far away” (piénsese, además, en la entonación que esta misma locución recibiría si este texto se oralizase), más evidencian la existencia de una pretensión irónica.

    Llegados a estas alturas de la argumentación, el más importante de los interrogantes se impone con fuerza propia: ¿cómo garantizar teóricamente el ajuste de los índices contextuales al traducir una inferencia de una lengua a otra? ¿Qué criterio tienen que seguir los traductores para traducir un índice de contextualización?

    Para responder a estas cuestiones hace falta volver a revisar la bibliografía traductológica. En ésta, uno de los debates teóricos más fuertes y alargados en el tiempo ha sido el que gira en torno al concepto de equivalencia, que ha sido el referente para garantizar la relación entre el texto original y el traducido, es decir, es muchas veces el instrumento de medida que garantiza la buena traducción de un discurso cualquiera. Lo más importante es que, habiendo conseguido una prolongación teórica del estudio de las inferencias, gracias a la buena conjunción del triple modelo teórico esgrimido que logra llegar a la misma forma lingüística para abordar su proyección práctica en la traducción, podemos hacer uso de este concepto, traductológico por naturaleza, para una realidad particular de este ámbito de estudio. Es decir, ahora es posible trasladar una noción utilizada de forma general a todo el proceso de traducción a una manifestación inscrita en el seno de la misma. Esto favorece, por ende, la justificación teórica de su uso, ya que el empleo de un concepto para una realidad global siempre puede ser circunscrito a cualquiera de sus partes.

    Pero, ¿qué se entiende por equivalencia? Nos detendremos a examinar la disertación que Elena Sánchez Trigo (2002) hace alrededor de este término, lo que nos proveerá de la restricción necesaria para una adecuada mudanza de sus funciones a la nueva parcela de estudio aquí sugerida: los índices contextuales.

    Esta autora plantea un recorrido histórico que arranca en los años sesenta y que llega hasta nuestros días. En éste se pueden reconocer fácilmente dos grandes periodos: uno inicial, en el que los numerosos y divergentes intentos de delimitación del concepto terminan por ambiguar y complejizar su alcance, y otro que empieza a definirse a partir de la década de los ochenta, en el que, dentro de las diferentes perspectivas, parece imponerse un enfoque general más homogéneo y compartido.

    La autora nos señala que el pistoletazo de salida a la cuestión de la equivalencia parece darlo Nida (1964), quien establece ya una diferenciación entre equivalencia formal (que prescribe una correspondencia lo más estrecha posible entre el texto original y su versión traducida) y equivalencia dinámica (que permite que el texto fuente, una vez traducido a la lengua meta, provoque en los nuevos lectores una reacción semejante a la de los receptores del original).

    Catford, en 1965, habla de equivalencia textual y correspondencia formal:

    Un equivalente textual es, pues, cualquier forma (texto o porción de texto) LT que resulte ser equivalente de una forma dada (texto o porción de texto) LO. (Catford, 1970: 50)

    La correspondencia formal, en cambio, la entiende como:

    Cualquier categoría LT (unidad, clase, estructura, elemento de estructura, etc.) de la cual se puede decir que ocupa tan aproximadamente como es posible, el "mismo" lugar en la "economía" LT que el ocupado por categoría LO en la economía LO. (Catford, 1970:49)

             Catford, en palabras de Elena Sánchez Trigo, “considera que la correspondencia formal es como mucho una aproximación (...) Si bien afirma que el objetivo es la equivalencia textual, la forma en que ésta es definida es inadecuada ya que utiliza sólo unidades menores, como frases aisladas o palabras...” (Sánchez Trigo, 2002: 130).

             Por otra parte, Otto Kade (1968) entiende la equivalencia como:

     

    Les correspondances potencielles qui exixtent en langua entre les signes linguistiques d´une langue et ceux d´une autre langue. (Laplace 1994:77)

     

             Este último autor defiende que una traducción debe mantener invariable el contenido, y establece cuatro tipos distintos de equivalencia: total (para nombres propios, términos técnicos o cifras), facultativa (es el contexto el que permite al traductor tomar una decisión entre las diferentes opciones potenciales que existen en la lengua de llegada), aproximativa (hace referencia a los casos en los que a una palabra monosémica, en una lengua determinada, le corresponden dos palabras en otra lengua que no son totalmente idénticas entre ellas) y equivalencia cero (los vacíos referenciales). Sánchez Trigo dice al respecto que Otto Kade “destaca algunos tipos de correspondencias en el nivel léxico del texto pero olvida que existen otros niveles textuales” (2002: 131).

             Para introducir más confusión aún en torno a esta noción, Werner Koller (1983) llega a distinguir cinco tipos de equivalencia, que son descritos en la obra de Lederer:

     

    *Une traduction doit transmettere l´information donnée par l´original sur la realité extra-linguistique: W.Koller la nomme “équivalence dénotative” (…);

    *elle doit respecter le style: registre da langue, sociolecte, extension géographique des expressions, etc. Il la nomme “équivalence de connotation” (…);

    *elle doit être conforme au genre du texte traduit: on n´ecrit pas de recettes de cuisine comme un traité de droit: W.Koller parle ici d´équivalence de norme (…);

    *elle doit être  adaptée aux connaissances du lecteur pur être comprise. Il s´agit d´une équivalence pragmatique (…);

    *enfin, la forme de la tradcution doit produire la même effet esthétique que l´original

    (En Lederer 1994: 64-65)

     

             A esta clasificación de Koller, Königs (1981) le añade otros dos tipos, las equivalencias básicas, que determinan el orden de prioridades entre los restantes tipos de equivalencia. Popovic (1976), sin embargo, habla de cuatro tipos fundamentales: lingüística (cuando se puede traducir palabra por palabra), paradigmática (equivalencia entre los elementos gramaticales), estilística (elementos que mantienen el significado y que buscan una misma expresividad) y textual. Jäger (1968) considera una equivalencia funcional y Komissarov (1971) presenta un modelo jerarquizado cuyo rango más importante lo ostenta la equivalencia pragmática. Por su parte, Darbelnet (1984) señala que las equivalencias tienen lugar en el nivel lingüístico, textual y cultural, aunque su tratamiento no es homogéneo.

             Esta situación tan poco consensuada despertó las críticas de los teóricos de la traducción. Hatim y Mason (1995) se centran en las objeciones sobre la equivalencia dinámica de Nida:

     

    El traductor no puede aspirar a producir siempre en sus lectores la misma impresión que siente un lector nativo ante la obra escrita en su propia lengua. Esta meta es en muchos casos inasequible. ¿Cómo podría el lector de la traducción española de una novela japonesa fuertemente costumbrista sentir la misma impresión que los lectores nativos ante la obra original? Aunque la traducción saliera tan fluida que pudiera leerse, desde el punto de vista puramente lingüístico, con igual naturalidad que el original, su contenido produciría en los lectores españoles una impresión de exotismo, que, por otra parte sin duda constituiría una gran riqueza. (García Yebra 1978, comentario a la traducción de "sobre los diferentes métodos de traducir" de Schleiermacher, p.392, n.12.1)

     

             La fuerte ambigüedad de la noción de equivalencia llevó a algunos teóricos hasta el máximo escepticismo:

     

    Mary Snell-Hornby incluso considera que la equivalencia es una "ilusión". Ella sostiene que ha encontrado 58 nociones diferentes de equivalencia sólo en la literatura traductológica escrita en alemán, lo que ilustra las dificultades de definición. Además, parece que la palabra alemana Äquivalenz no es equivalente a la "equivalencia" castellana, ni a la équivalence francesa o a la equivalence inglesa, por mencionar solamente algunos de estos "falsos amigos". (Nord,1994:97)

     

             A pesar de ello, parece que la situación comienza a cambiar, como ya se ha dicho antes, en los años 80, en los que el concepto de equivalencia va a ser analizado desde un enfoque menos prescriptivo. A partir de ahora se perfilan solamente dos grandes orientaciones diferentes: por un lado, la propuesta de Reiss y Vermeer y, por otro, la desarrollada por Toury. Los primeros diferencian entre equivalencia y adecuación, haciendo de esta última el criterio dominante. Ellos entienden que la adecuación es la relación entre un texto de partida y otro de llegada que atiende al Skopo, que es el objetivo de la traducción: “Se traduce pues de forma adecuada cuando se supedita la elección de los signos a la finalidad de la traducción (Reiss y Vermeer, 1996: 124). Como dice Elena Sánchez Trigo, Reiss y Vermeer “no abandonan el concepto de equivalencia, sino que lo supeditan al de adecuación”(2002: 134).

     

    Equivalencia expresa la relación entre un texto final y un texto de partida que pueden cumplir de igual modo la misma función comunicativa en sus respectivas culturas. (Reiss y Vermeer, 1996:124)

     

             Para estos dos autores, entonces, la equivalencia se corresponde con un tipo específico de adecuación, el cual tiene lugar entre dos textos cuya función permanece invariable.

    Es ahora, por tanto, cuando los planteamientos comienzan a ser útiles para el objetivo que en este trabajo cumplen: su aplicación a los índices contextuales que ya han sido caracterizados. Así, la función comunicativa que estos índices realizan es la que debe ser atendida para asegurar el éxito de la traducción intercultural de las inferencias conversacionales. Encontramos, además, en las declaraciones de Reiss y Vermeer, de manos de Sánchez Trigo, apoyos a la justificación que unas páginas más arriba hacíamos sobre el uso del principio de equivalencia a elementos internos a la traducción como son los índices contextualizadores: “Estos autores hablan de equivalencia textual, ya que sólo identifican equivalencias en niveles inferiores en la medida en que contengan señales guía análogas a las existentes en los signos lingüísticos que permiten establecer la función del texto de partida” (2002: 134).

    Gideon Toury (1980) formula una propuesta desde un enfoque diferente. Él postula que las normas de una comunidad cultural determinada son las que, verdaderamente, determinan el tipo y la extensión de la equivalencia manifestados en las traducciones reales, es decir, que son las que hacen que el texto meta sea considerado como traducción en un contexto dado.

     

    En esta aproximación se tiene en cuenta la importancia de los factores culturales e históricos, que influyen en la traducción a través de las normas y se destaca la equivalencia global, por encima de las correspondencias lingüísticas y textuales (...) Esta valoración global descansa sobre la influencia de una sistema de normas propio de una específica situación socio-cultural e histórica para un momento dado (Sánchez Trigo, 2002: 135) 

     

             Sin embargo, y en la misma línea de validación de nuestro particular propósito, también tienen cabida en esta reflexión el uso de equivalencias para unidades concretas; Elena Sánchez Trigo añade esta posibilidad al comentar las tesis de Toury:

     

    En el proceso traductor es posible identificar sucesivas equivalencias parciales y provisionales, definidas como relaciones entre elementos de cualquier naturaleza del texto fuente y término. (2002: 135)

     

             Estas dos últimas corrientes, forjadas en las últimas décadas a la luz de muchos y distintos debates, esquematizados aquí siguiendo las exposiciones de Sánchez Trigo, serán el pilar teórico de fondo que nos ceda el lugar que nosotros ansiamos: su aprovechamiento para terminar de pulir nuestra propuesta. Ambas posturas, lejos de ser contradictorias, pueden ser tomadas como referencia y permiten un correcto tratamiento de nuestras unidades los índices contextuales, en el marco global de las inferencias. Lo único que nos queda ya es sumar, a estas dos, una tercera que también aparece mencionada en el trabajo de Sánchez Trigo: la de Lvóvskaya (1997). Ésta introduce, como ya hizo Gumperz en su momento, el nivel de la situación comunicativa, tan importante cuando se tienen en cuenta todos los aspectos ya indicados que influyen en los procesos inferenciales. La contribución de Lvóvskaya es la última pica del constructo que aquí se ha diseñado, que hace encajar la noción de equivalencia en nuestro modelo adaptándose a las exigencias y consideraciones hasta este momento proferidas. El enfoque toma la equivalencia en traducción siguiendo los planteamientos de la teoría comunicativa, confiriéndola un carácter dinámico y relativo:

     

    La situación comunicativa que determina en última instancia el sentido del texto es irrepetible, dada la interacción de los factores que nunca dejan de ser relevantes: el carácter intersubjetivos de todo acto comunicativo y el carácter intercultural de la comunicación bilingüe. De ahí se desprende que no existe equivalencia fuera de un acto comunicativo concreto. (Lvóvskaya, 1997:44)

     

             Elena Sánchez Trigo añade a estas palabras de Lvóvskaya:

     

    No es posible contar con equivalencias preestablecidas, porque la situación comunicativa es diferente a cualquier otra. La existencia de numerosos textos equivalentes no es índice de la arbitrariedad del traductor porque cada uno de ellos surge, no sólo en relación con el sistema de normas imperantes al que aludía Toury, sino también de la actuación del traductor en una situación comunicativa específica, que determina en conjunto el proceso de comunicación bilingüe equivalente. (2002: 136)

     

             He aquí, por tanto, el producto argumental que ha quedado definido. El acogimiento de estas tres posturas, de una forma compendiada, aporta la base teórica para el uso del concepto “equivalencia” en la propuesta que en este trabajo se lanza para el tratamiento de las inferencias en la traducción. Las unidades principales en torno a las que gira son los índices de contextualización, haciendo que éstos tengan que orientarse a la función principal de toda inferencia (el desencadenamiento de un proceso de interpretación más allá de lo explícito), tomando en cuenta el tipo de situación comunicativa y el entorno sociocultural en el que tiene lugar. Sólo así será posible garantizar que el hablante reconozca esta intención e inicie un proceso inferencial en el que su conocimiento del mundo se engarce al enunciado explícito en la dirección apropiada.           

      

     

    Referencias bibliográficas

     

    Catford, J.C. (1970): Una teoría lingüística de la traducción. Ensayo de Lingüística Aplicada. Universidad de Venezuela, Caracas.

    Darbelnet, J. (1984): “De la conception à l´enseignement de la traduction”, En La traduction. L´universitaire et le practicien, Presses de l´Université d´Ottawa, Ottawa

    El-Madkouri, M. (1994):La ironía y la traducción”. En Reflexiones sobre la traducción. Actas del primer Encuentro Interdisciplinar “Teoría y práctica de la traducción”. Servicio de publicaciones, Universidad de Cádiz.

    Fawcett, P. (1997): Translation and language. Linguistic theories explained. St. Jerome Publishing, Manchester.

    Grice, H.P. (1975): “Lógica y conversación”. En L.M. Valdés La Búsqueda del Significado. Madrid, Tecnos, 1991.

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    Gutt, E-A. (1991): Translation and Relevance: Cognition and Context, Blackwell, Oxford.

    Hatim, B; Mason, I. (1995): Teoría de la traducción. Una aproximación al discurso. Ariel, Barcelona.

    Hurtado Albir, A. (2001): Traducción y traductología: Introducción a la
    traductología
    . Madrid. Cátedra

    Kade, O. (1968): Zufaull und Gesetzmässigkeit in der Übersetzung, VEB Verlag Enzyclopädie, Leipizig.

    Laplace, C. (1994): Théories du langage et théorie de la tradcution, Didier Érudition, París.

    Lederer, M. (1994): La traduction aujourd´hui. Hachete, París.

    Lvóvskaya, Z. (1997): Problemas actuales de traducción, Método, Granada.

    Newmark, P. (1993): Paragraphs on Translation, Multilingual Matters, Clevedon.

    Nord, CH. (1994): “Traduciendo funciones”. En A. hurtado Albir (ed), Estudis sobre la traducció, Universitat Jaume I, Castellón.

    Padilla, H. (1992): “¿El arte de la traducción o de la traición?”. Periódico ABC, sección Tribuna Abierta. Publicación del 27 de diciembre de 1992:52.

    Popovic, A. (1976): Dictionary for the Analysis of Literary Translation, University of Alberta, Alberta.

    Sánchez E. (2002): Teoría de la traducción. Convergencias y divergencias. Vigo, Universidade de Vigo, Servicio de Publicacións.

    Sperber, D., Wilson, D. (1986): La Relevancia. Madrid, Visor, 1994.

    Toury, G. (1980): In Search of a Theory of Translation.



    [1] *Becario del Departamento de Lingüística.
          ** Profesores Asociados del Departamento de Lingüística. Facultad de Filosofía y Letras

    [2] Elementos léxicos, entonación, orden de palabras; conocimiento de los elementos lingüísticos y del uso de éstos.

    Un nuevo lenguaje técnico:El español en Internet, por Alberto Gomez Font.

    Texto de la conferencia pronunciada por Alberto Gómez Font, director del Departamento de Español Urgente de la Agencia EFE, en el III Coloquio sobre lenguaje y comunicación celebrado en Caracas.
     
    El adjetivo técnico según el diccionario, se aplica a las palabras o expresiones empleadas exclusivamente, y con sentido distinto de lo vulgar, es el lenguaje propio de un arte, una ciencia, un oficio...

    Tecnicismo es el conjunto de voces técnicas empleadas en el lenguaje de un arte, una ciencia, un oficio..., o cada una de estas voces. Tecnología es el tratado de los términos técnicos o el lenguaje propio de una ciencia o un arte.

    He querido comenzar con esas definiciones porque durante un rato voy a utilizar las expresiones lenguaje científico, lenguaje técnico, ciencia, tecnología y técnica, ya que el asunto que vamos a tratar en esta mesa redonda es un lenguaje técnico, un lenguaje creado por especialistas, y difícil de entender para los no iniciados.

    Si algo caracteriza al lenguaje científico y al lenguaje técnico es su léxico. El léxico general, el propio de todos los hablantes, puede ser utilizado para transmitir mensajes a todos los que conocen una determinada lengua, y el grado de comprensión de esos mensajes dependerá del nivel de información que posea el receptor , sea lector u oyente. Pero el léxico de un lenguaje especializado no puede ser dirigido a toda la gente y no admite grados de comprensión. Ante un texto escrito en lenguaje científico o técnico tiene más posibilidades de comprensión un novato en el campo correspondiente del saber, que las que tiene un buen conocedor del léxico de la lengua que no sepa nada de la especialidad de la que trate el texto. Veamos un ejemplo esclarecedor, una definición tomada del Vocabulario Científico y Técnico de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Veamos qué es una charnela desmodonta.

    Charnela desmodonta es la "charnela propia de los pelecípodos clavícolas, formada por repliegues ligamentarios paralelos al borde de la concha, sin verdaderos dientes". Y si miramos la voz charnela, veremos que se trata de la "estructura mediante la cual se articulan las dos valvas que forman el oxeoesqueleto en los pelecípodos, braquiópodos y ostrácodos. Punto de máxima curvatura que presenta un pliegue geológico en un perfil transversal al mismo".

    Cambiemos ahora de diccionario y miremos qué es una charnela en la lengua general, en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) Española: (del francés "charnière".) Bisagra para facilitar el movimiento giratorio de las puertas. Gozne, herraje articulado. (Zool.) Articulación de las dos piezas componentes de una concha bivalva.

    En el lenguaje científico y técnico los vocablos especializados son absolutamente insustituibles y no pueden ser retirados del texto para colocar otros que actúen como sinónimos o casi sinónimos, pues éstos no pueden existir.

    La parte esencial de lo que llamamos vocabulario especializado la constituye el léxico científico y técnico. La especialización no se produce por ningún otro mecanismo que pueda afectar al léxico sino por la eliminación de cualquier posibilidad significativa que no sea la deseada en la oportuna utilización del vocablo. El lenguaje especializado exige un significante propio para cada significado. Un texto científico en el que cada noción especializada no tuviera una palabra (un significante) propia sería necesariamente un texto confuso. Sólo los especialistas pueden distinguir con precisión los términos propios de su ciencia, ya que frecuentemente éstos tienen la forma de una palabra del léxico general, pero en el texto científico o técnico tienen un significado unívoco para su empleo especializado. Quien pretenda interpretar el sentido de las voces propias de un campo especializado, sin ser especialista, caerá en una confusión total, pues cometerá el error de tratar esos términos como si fueran palabras de l a lengua general, y la realidad es que no tienen nada que ver con ellos.

    El significado de un término científico debe aprenderse de una sola vez. No se consiguen mayores matizaciones ni se alcanza un mejor conocimiento del significado del término por el hecho de que el lector lo encuentre repetidas veces, pues en todas ellas esa palabra deberá tener el mismo significado, y si el lector no la conoce antes de leer el texto, no podrá entender ese texto. Es más, dentro de una ciencia determinada, una metodología nueva puede adoptar un significante ya existente con un nuevo significado que resultará oscuro para el especialista que no conozca esa nueva metodología.

    El léxico científico y técnico no puede ser tratado como parte del vocabulario general de la lengua. Lo único que el léxico científico y técnico puede tener en común con el léxico general es su forma gramatical. Y eso es fácil de comprobar hojeando dos diccionarios: el de la Real Academia Española y el de la Real Academia de Ciencias. Rápidamente se da uno cuenta de que no son diccionarios redundantes: las voces que están en uno no se encuentran en el otro, y las que parecen repetidas en los dos sólo lo son en la forma, pues sus significados difieren en uno y otro diccionario. El de la Real Academia Española sólo recoge el léxico general y el de la Real Academia de Ciencia sólo recoge el léxico científico y técnico.

    Si consideramos que lo que caracteriza al léxico es su condición de depositario de significados, el comportamiento de cada uno de estos dos tipos de léxico es completamente distinto.

    Los textos especializados son los que contienen un vocabulario que sólo puede comprender un grupo muy reducido de hablantes, y todos los textos sobre ciencias o tecnología son así. Tratar de leer un texto especializado científico o técnico sin ser especialista en el campo correspondiente es casi lo mismo que tratar de leer un texto literario en una lengua que no se conoce. Es posible que el lector no sienta como ajenas a su lengua las palabras que va encontrando, pero finalmente tiene que convencerse de que no está entendiendo nada de nada. En un texto especializado, el lector no especialista no encuentra ningún auxilio en la relación gramatical entre las palabras, sino que más bien sucede lo contrario.

    Hay, pues, dos tipos de lenguajes, y por lo tanto dos tipos de mensajes: 1) los dirigidos a grupos a los que se supone únicos receptores posibles del mensaje. Éstos deben resultar absolutamente inteligibles para aquellos a quienes van dirigidos y sólo para ellos. ) Los mensajes dirigidos a todos los usuarios de la lengua, que no pueden contener ningún rasgo que pueda ser no inteligible.

    Y mientras que todos los receptores de los mensajes del tipo 1) tienen que entender lo mismo, sin que haya diferencias entre lo que entienden unos y lo que entienden otros, los receptores de los mensajes del tipo ) pueden tener interpretaciones diversas, incluso tantas como receptores del mensaje. En contra de esa diversidad de interpretaciones admisibles en un texto no especializado, el lector de un texto científico o técnico no tiene otra posibilidad que admitir o rechazar el contenido, no puede haber posiciones intermedias.

    Para su empleo, el vocabulario científico y técnico está sujeto a las normas sintácticas generales, pues ya hemos visto que se diferencia por el léxico, es decir, por los nombres, los verbos, los adjetivos y los adverbios; pero las llamadas partes gramaticales (artículo, pronombre, preposición y conjunción) son comunes tanto a textos científicos como no científicos. La exposición de un tema científico se lleva a cabo del mismo modo que cualquier otra forma de expresión, y su carácter científico se manifiesta en la presencia de términos especializados; sin estos vocablos especializados un texto científico no quedaría caracterizado como tal.

    Parece, pues, evidente, que el vocabulario científico y técnico no tiene nada que ver con el vocabulario general de la lengua. El vocabulario científico y técnico forma parte de las ciencias y técnicas a cuyos significados representa, y sacarlo de ahí y confundirlo con el léxico general no está justificado en ningún caso. No es posible unir ambos léxicos en uno solo, las ramas de la ciencia son muy numerosas y dentro de cada una hay un léxico especializado cuyos usuarios son poco numerosos; pero aunque es deseable que el léxico de la lengua no sufra alteraciones por esta vía, no se pueden rechazar sistemáticamente las incursiones de vocablos técnicos en el léxico general.

    No hay ninguna fórmula para conseguir un equilibrio en el uso de la terminología científico-técnica. Todos los significados especializados de un texto científico, aunque a primera vista parezcan parte del vocabulario general, no pertenecen al léxico de la lengua sino al de la ciencia y la técnica. El vocabulario científico y técnico es un asunto propio de los cultivadores de sus ramas respectivas; todos los demás nos enteramos de la existencia de esos términos cuando aparecen fuera de los textos especializados.

    De todas formas, y aunque en principio sean cosas tan separadas, los intercambios entre el vocabulario común y el vocabulario técnico o científico son constantes. Palabras comunes y de todos conocidas como la red pasan a ser utilizadas en terrenos tan especializados como el que aquí nos ocupa: la Internet. Y más frecuente aún es que las voces técnicas penetren en el habla común.

    El científico o el técnico escriben para pocas personas, es decir, únicamente para los que dominan la parcela de la ciencia de la que tratan sus escritos; incluso en las obras de divulgación científica el autor no puede prescindir de los términos propios del lenguaje científico-técnico. Actualmente la exposición científica para un público amplio se hace a base de la colaboración entre los científicos y los periodistas especializados de los grandes periódicos y las grandes agencias de información internacionales. Estos últimos, los periodistas, deben transformar el lenguaje científico en lenguaje periodístico, prestando atención a los niveles de los receptores de esos mensajes, que pueden ser científicos, personas cultivadas o público en general y que pueden variar según los países y las sociedades, precisando cada uno de ellos una determinada forma en la exposición, en los razonamientos y en el lenguaje.

    De ahí el importante papel que desempeña en la sociedad el llamado periodismo científico, cuyos representantes venezolanos acaban de celebrar una reunión la semana pasada, aquí en Caracas, y cuyas conclusiones nos gustaría haber podido tener hoy aquí, pero no ha sido posible.

    El periodismo científico se ocupa de la divulgación de la actividad científica y tecnológica y para ello, como ya hemos dicho, emplea un lenguaje periodístico que permite la comprensión del público en general.

    Y los periodistas dedicados a esa labor de divulgación se topan con la realidad de que la descripción de la ciencia o la técnica no puede existir sin el uso de la terminología propia, es decir, sin un lenguaje específico correspondiente a la materia tratada. La profesora española María Victoria Romero Gualda, al analizar el lenguaje periodístico, dice que "la presencia de voces técnicas de difícil descodificación está justificada cuando el contenido lo exige y el receptor lo permite". Y añade que eso "quiere decir que el periodista tiene dos deberes difíciles de concordar respecto al uso de este tipo de voces: no puede banalizar determinados contenidos científicos o técnicos y tampoco puede abandonar una cierta labor de divulgación que permita al lector comprender el texto. No hay duda de que en una crónica de arquitectura puede aparecer:

    'remate de antepecho con merlones embrionarios y gárgolas en cañón' o en unas páginas de economía se hablará de plus valía, inflación, encaje bancario, tipos de interés, etc. El problema está en el contagio que pueden sufrir otras informaciones que nada tienen que ver con ámbitos especializados. Y así se nos habla de que en la próxima semana tendremos 'temperaturas a la baja', mezclando el lenguaje técnico de la economía con el de la información meteorológica".

    Visto ya que los científicos están obligados a alejarse del lenguaje común para dar mayor claridad a sus mensajes, sus informaciones, sus teorías... parece claro también que cuando de lo que se trata es de darles nombre a nuevos descubrimientos y a nuevas técnicas, hay que inventar nuevos vocablos, hay que usar neologismos. El lenguaje científico es especialmente difícil precisamente porque se nutre de neologismos y el neologismo, como recién llegado que es, resulta extraño a la lengua, y es también labor de los periodistas contribuir a su generalización y su conocimiento.

    Hace ya varios años, en abril de 1991, se celebró en España, en el Monasterio de San Millán de la Cogolla, un seminario organizado por la Agencia EFE y la Comunidad Autónoma de la Rioja, que se tituló "El neologismo necesario". En las conferencias y en las mesas redondas , un grupo de científicos, especialistas en economía, viticultura, robótica, física nuclear, armamento militar, y lingüistas, y periodistas especializados y profesores se dedicaron a estudiar el fenómeno del neologismo y de la necesidad que tienen todas las lenguas, en este caso el español, de incorporar nuevas voces en su léxico, sobre todo en los lenguajes especializados, es decir, técnicos y científicos. Y si bien se pusieron en evidencia gran cantidad de neologismos innecesarios, también salieron a la luz las necesidades específicas de distintas ramas del saber y distintas profesiones, en cuanto a la creación de términos nuevos, o la adopción de voces de otras lenguas.

    Hay que ser realistas y tener presente que la documentación científica producida en español es muy escasa, y que, por lo tanto, nuestros técnicos y nuestros investigadores deben leer casi todo en una lengua extranjera, que casi siempre es el inglés.

    La terminóloga venezolana María Eugenia Franceschi explica muy bien esta situación al decirnos que el hecho de dotar de nombre a las nuevas nociones que van apareciendo no es igual en todos los idiomas, pues depende de la posición que ocupe cada idioma en particular. En efecto, existen desarrollos tecnológicos que se originan en el interior de una sociedad con una lengua determinada y cuya creación tecnológica se realiza en esa misma lengua. Asimismo existen otras lenguas que, para hacer uso de esa tecnología, deben entrar en contacto con la lengua creadora de dicha tecnología y adaptar las nuevas nociones a la suya propia, lo cual significa encontrar equivalencias entre ambos idiomas para determinar el término correspondiente.

    Añade la profesora Franceschi algo de todos sabido pero que conviene recordar: "el español, al entrar en contacto con los desarrollos que se originan en otras lenguas, y muy especialmente en inglés, debe adaptar esos conocimientos y los términos utilizados para expresarlos. En muchos casos es posible que en español exista la expresión o el término correspondiente con la nueva noción, pero en otros se ha de crear el término que llene el vacío, para lo cual debemos recurrir a los neologismos". Achacar al ámbito científico y tecnológico la utilización abusiva de anglicismos no es algo gratuito; ya hemos visto las razones de que esto suceda: gran parte de los conceptos y objetos que pueden aparecer en un texto técnico son recién llegados al lenguaje y casi siempre han surgido en el mundo anglosajón. No ocurría así con los inventos de hace cien años, que tuvieron la suerte de ser nombrados con voces sacadas de las lenguas clásicas, que en ese tiempo dominaban las ciencias; de ahí el teléfono, el telégrafo, la fotografía, el gramófono...

    El desarrollo de las ciencias y de la tecnología va creando una continuada necesidad de crear neologismos. Hay que dotar de nombre a lo que se va inventando y descubriendo, y lo lógico es que eso lo hagan los mismos que inventan o descubren, y lo más normal es que eso ocurra en ambientes de lengua inglesa. Y ante el dilema de intentar traducirlos o crear un neologismo, la mayor parte de las veces se opta por una tercera vía, la más cómoda: usar la palabra en su idioma original. Para quien genera o difunde una innovación es fácil inventar el término o tomarlo de la jerga propia de su campo, no necesita poner de acuerdo a nadie pues quienes adopten la innovación adoptarán también el nombre, mientras que para traducirlo al español, una vez ya difundido en inglés, hay que conseguir el acuerdo entre un gran número de usuarios en todo el mundo hispanohablante.

    En la última década el español ha sufrido en las comunicaciones y la electrónica más que en cualquier otra área. Fax, modem, software, hardware no encuentra, y la mayor parte de las veces ni siquiera buscan, su equivalente en español. Hasta el inglés, el idioma de la computación, ha sido modificado para aceptar acrónimos y nuevos significados para palabras ya existentes.

    El proceso de aparición de neologismos en el lenguaje técnico de la computación o la informática es siempre igual : la tecnología se envía desde la casa madre (casi siempre en los Estados Unidos) en inglés y llega a manos de un reducido grupo de técnicos de algún país hispanohablante, normalmente México o España. Esos técnicos son los primeros en traducir y van creando así una jerga con la que podrán entenderse entre sí y transmitir lo traducido a los clientes más especializados. Más adelante, cuando ya se produce la distribución del nuevo producto al gran público, aparece la figura del traductor, que debe encontrar el punto intermedio entre las traducciones llenas de anglicismos de los técnicos y el interés de utilizar un español correcto y libre de barbarismos.

    Aquí quizás convenga hacer un inciso para hablar de un asunto que tiene mucho que ver con los programas informáticos y poco con el lenguaje técnico, pero merece la pena que nos detengamos un minuto para recordar el escándalo, muy reciente, del diccionario de sinónimos del programa de proceso de textos Microsoft Word . Tal fue el escándalo que la empresa Microsoft pidió públicamente perdón por sus sinónimos, que resultaban ofensivos para las mujeres, los indios, los homosexuales, los andaluces y otros, pues podían encontrarse cosas como que los sinónimos de andaluz eran "cañí, agitanado, gitano, flamenco y calé", y los de indígena eran "salvaje, nativo, aborigen, bárbaro, antropófago, caníbal, cafre, indio y beduino".

    Pero también hay que recalcar lo bueno, y es de ley recordar que la misma empresa Microsoft, en la introducción de la versión española de los manuales para el usuario, dice lo siguiente: "Hagamos entre todos del español una lengua universal, tratando de aunar esfuerzos con el objetivo de evitar, en la medida de lo posible, por una parte los vacíos existentes en el lenguaje técnico y por otra el surgimiento y adopción de nuevos términos en inglés sin su correspondiente adaptación al español. Somos 300 millones de hablantes que compartimos la misma lengua y todos tenemos que sentirnos orgullosos y responsables de ella". Estos buenos propósitos de la casa Microsoft también nos interesan hoy aquí porque esa famosa marca de procesadores de textos también ha desarrollado un programa para la Internet y el correo electrónico. Y si con la llegada de las computadoras se introdujeron en nuestra lengua múltiples términos informáticos anglosajones de difícil traducción, con la actual expansión de la Internet y del correo electrónico el español pierde aún más terreno ante un spanglish imparable. Internet ha elegido de manera casi natural el inglés como idioma oficial y la mayor parte de la información circula en esa lengua.

    Internet es , como su nombre indica, una red internacional, una red de datos que se presentan en forma de texto y de imágenes, y su uso está produciendo un lenguaje propio que podemos incluir dentro de los lenguajes técnicos: el lenguaje de los cibernautas, donde, ya de entrada, nos encontramos con una serie de voces formadas por composición de la raíz "ciber" y otras palabras: ciberespacio, que es como conocemos a ese mundo etéreo creado por las comunicaciones instantáneas entre computadoras; cibernauta, que es el que navega por el ciberespacio; ciberteca, para referirnos a las bibliotecas electrónicas; cibersexo, para los contactos sexuales a través de la Internet, etc, etc. Y ese nuevo lenguaje que va surgiendo es, en un principio, en inglés, y es ya tan extenso su léxico que es necesario el uso de glosarios y vocabularios especializados.

    Más del setenta por ciento de los usuarios de la Internet son anglohablantes, luego, si la red, la telaraña, crece y se desarrolla en un ámbito de lengua inglesa, ¿en qué lugar queda el español en el mundo de la cibernética?

    El primer problema que se plantea es quizás el más importante: las traducciones al español de los manuales de funcionamiento de los programas informáticos , incluyendo los de las redes de comunicación. Y el problema es que esas traducciones, en muchas ocasiones, están redactadas más en "spanglish" que en español. La tarea de poner de acuerdo a todos los usuarios hispanohablantes sobre la terminología de las redes de comunicación es ardua y ello hace que se usen traducciones literales, calcos, o que se opte por los términos ingleses.

    En la jerga de los iniciados en la Internet que usan el español como lengua de comunicación, ya es conocido el término "ciberspanglish", creado y difundido por la "cibernauta" peruana Yolanda Rivas, profesora del departamento de Política y Tecnología de la Comunicación de la Universidad de Texas, en Austin, que ha distribuido con ese título, a través de la red, un glosario de términos ingleses y su correspondiente traducción en español, traducción que, como veremos en algunos ejemplos, dista mucho de lo que hasta ahora se entendía por español.

    Dice Yolanda Rivas hay una falta de reflejos por parte de los hispanohablantes, a quienes acusa de exceso de celo al pretender no usar términos o construcciones ajenos al español, mientras que los anglohablantes no tienen ese tipo de reparos al crear, por ejemplo, el verbo "to email", derivado de "e.mail" o "electronic mail". Y así se atreve a defender algunos usos que a ningún hispanohablante con un mínimo de sensibilidad idiomática pueden parecerle aceptables, como el traducir "exit" por "hacer un exit" cuando en español eso es "salir", o el horrible "printear" en lugar de "imprimir" como equivalente al inglés "print", o "deletear", de "delete", por "borrar"... Pretender que verbos tan españoles como salir, borrar o imprimir dejen de usarse sólo por estar relacionados con una computadora es, esa es mi opinión, actuar contra la unidad y la corrección del idioma.

    Y el parecer de la doctora Rivas es compartido por muchos usuarios hispanohablantes de la Internet, especialmente, como es lógico, los que viven y trabajan en los Estados Unidos, y también, desgraciadamente, algunos de otros países entre los que debo decir que se encuentra España. Y ello hace que ya sean aceptado como válidos en español mensajes como el siguiente:

    "Querido Jesús: ya que hemos decidido emailearnos, te envío un archivo para que lo downloadees a tu ordenador. Lo he encontrado surfeando en el Web, cliqueando de site en site. Lo puedes pasar a un floppy o printearlo, y si no te interesa salvarlo lo deleteas...".

    También José Ángel Martos, director de una prestigiosa revista especializada en las redes de comunicación, defiende esa jerga llamada "ciberspanglish" en un artículo publicado en su revista en el que no duda en afirmar que "linkar" es la única forma de decir en español lo que en inglés es "to link", y rechaza de plano el uso del verbo "enlazar", que sería la traducción correcta para cualquier hispanohablante. Dice el señor Martos que él defiende la "amplitud de miras y de vocabulario y la subversión de lo s valores establecidos, sacudiéndose sin más las dictaduras económicas, culturales y demás historias". Vemos con este ejemplo qué tipo de personas están influyendo en la forma de usar el español en la Internet, aunque por suerte no todo es así.

    Menos mal que hay quien reacciona ante esos despropósitos y defiende públicamente la necesidad del buen uso del español. Leticia Molinero, directora de la revista Apuntes, dedicada a cuestiones de traducción, dice lo siguiente en relación con la página de Internet de Yolanda Rivas : "Esa postura de defensa del spanglish se basa no sólo en una crasa ignorancia de las posibilidades del español, sino en una actitud fáctil y servil ante el idioma inglés. Además, la propuesta de españolizar los sustantivos y verbos del léxico informático del inglés con ejemplos como "uplodear los files", en vez de "enviar los archivos", sólo será válida para aquellas personas que no sólo conocen los dos idiomas, sino también la tecnología. Es decir, por un lado es una actitud servil ante el inglés y, por el otro, arrogante ante el resto de los hispanohablantes monolingües".

    Y entre los usuarios de Internet también hay que mencionar la reacción del traductor español Xosé Castro Roig, quien, en una carta abierta titulada "ciberidioteces" , contestaba así al señor Martos: "La informática, Internet y otra serie de tecnologías pasan ahora por un proceso por el que han pasado ya todas anteriormente, y es la fase en la que se mezclan términos en inglés y en castellano hasta que se encuentra un término que pueda comprender la mayoría de los destinatarios. Por esa misma fase pasó la televisión, las batidoras y los secadores de pelo...". "Perdone, pero es que 'linking' en inglés significa 'enlazar' o 'vincular' y los angloparlantes no se sorprenden de que signifique eso".

    También hay otros que se toman en serio la labor de traducción y divulgación de la terminología de la Internet, y ese es el caso del Glosario Básico Inglés-Español para usuarios de Internet11 de Rafael Fernández Calvo, que, según el autor, es "un modesto folleto de consulta, elemental y sin pretensiones", y está pensado para "ser útil en las navegaciones de ocio y negocio por Internet", pero, en verdad, se trata de un trabajo serio, concienzudo y muy respetuoso con el español, y el autor no duda en traducir el "link" y el "to link" inglés como "enlace" y "enlazar".

    Otra labor muy importante es la que desarrolla la Academia Norteamericana de la Lengua Española, cuya comisión de traducciones edita un boletín titulado Glosas, dirigido por el académico Joaquín Segura, en el que, en la sección dedicada a los neologismos norteamericanos con equivalentes propuestos por la comisión de traductores, encontramos listas de términos propios de la Internet con la forma inglesa, su traducción y la correspondiente definición. Ramón Abad, encargado de la creación de una página en la Internet para el Instituto Cervantes de Nueva York, opina que la responsabilidad de crear algo parecido a un modelo de utilización del español en el ciberespacio recae más en los medios de comunicación que en los organismos de la administración, y dice que la gente que utiliza ese lenguaje es la que debe comprometerse a esa vigilancia del idioma.

    Manuel Gamella Bacete, miembro de un foro de debate sobre la terminología computacional en español, decía en uno de sus mensajes electrónicos que "hay que coger el toro por los cuernos y promover acuerdos entre los miles de usuarios a ambos lados del Atlántico, pues de lo contrario sólo nos quedará la solución de rendirnos al término inglés o acudir a traducciones demasiado largas y poco prácticas".

    En el mismo foro apareció un mensaje de Francisco Javier Díez, profesor del Departamento de Informática y Automática de la Universidad de Educación a Distancia, en el que éste afirmaba que "la actual degradación del castellano en el mundo de la informática se podría haber evitado o al menos paliado si todo el mundo hubiera puesto un poco de su parte. Por un lado hace falta que algunas personas asuman el liderazgo de este esfuerzo y, por otro, que toda la comunidad científica tome conciencia de que el idioma es un bien cultural que debemos proteger". Y la propuesta de Francisco Javier Diez es que se sumen los esfuerzos de muchos profesores, de las principales casas comerciales y de las Academias de la Lengua, para, con esos recursos y esa autoridad, actuar en favor de una "evolución armoniosa del idioma".

    Otro de los mensajes dedicados a reflexionar sobre esta cuestión fue el de Jorge Tamayo, director de la editorial Enigma S.A. de Barquisimeto, Venezuela, quien con el título de "El Cervantes informático", hablaba de la necesidad de algún organismo que "de una vez por todas ejerza su mandato y le ordene al ordenador aceptar el más castizo nombre de computadora, o viceversa; que trabaje con archivos y se olvide de los ficheros, o viceversa; que deje las ristras para los ajos (en la cocina) y utilice cadena p ara los caracteres del lenguaje binario de la computación, o viceversa. En síntesis, un Cervantes que al fin logre llegar a América a través de Internet para definir el vocabulario fundamental de la informática castellana".

    De todo esto debemos sacar una conclusión y una actitud: debemos ser conscientes, y actuar en consecuencia, de que somos una gran comunidad de hablantes de una misma lengua, y de que en cada país hay diversas actitudes ante la creciente presencia del inglés. Debemos ser conscientes de nuestra gran responsabilidad ante el idioma, y aunque los periodistas, los lingüistas, los traductores y los terminólogos seamos una minoría, nuestra forma de usar el español repercute directamente en toda la sociedad, en todos los hablantes de nuestra lengua.

    En una reunión como esta, dedicada al lenguaje y la comunicación, hay que recalcar la responsabilidad de los periodistas en la defensa del buen uso de la lengua. Es ya casi un lugar común afirmar que los periodistas utilizan mal el español; no es cierto, la verdad es que la mayoría lo utilizan bien o incluso muy bien; pero basta con que unos pocos lo descuiden para que sus errores y sus desvíos de la norma lleguen a muchísimas personas. Ese es el poder de la prensa: lo que escribe un periodista llega a cientos de miles, a millones de personas, muchas de las cuales tienden a tomar como modelo el lenguaje de la prensa, y si ese modelo no es bueno, si esconde errores o malos usos, los resultados pueden ser muy negativos.

    Y esa responsabilidad ya se extiende a la Internet, pues cada vez son más los periódicos y las revistas en español que tienen edición electrónica, edición "on line", para usar el término inglés específico, y pueden leerse en cualquier parte del mundo en la pantalla de una simple computadora, el ABC de Madrid, el Clarín de Buenos Aires, El Tiempo de Bogotá o El Nacional de Caracas, entre otros.

    Quiero terminar aclarando un poco el panorama, que no es tan sombrío como puede parecer en un principio, pues gracias al gran desarrollo de los medios de comunicación podemos lograr algo que hace poco tiempo era imposible: podemos estar en contacto rápido y permanente con nuestros colegas de todo el mundo hispanohablante, recabar información, compartir opiniones, y tomar las decisiones entre todos, evitando así que en cada país se den distintas soluciones a los mismos problemas de lenguaje.

    Y en la Internet ya están presentes algunos de los organismos cuyo fin es la defensa del español, como la Academia Nortemericana de la Lengua Española, con su boletín Glosas; la Agencia EFE, con su Departamento de Español Urgente y su foro de debate llamado "Apuntes". Y muy pronto también tendrán sus páginas en la red la Real Academia Española y un servicio de consulta del Instituto Cervantes.

    Hasta ahí, de momento, las instituciones más o menos oficiales, pero también hay particulares que se preocupan por el buen uso del español en la Internet y crean páginas que ponen a disposición de los navegantes en las que se informa sobre todo lo que hay en la red relacionado con la lengua española. Un buen ejemplo, digno de encomio, es La página del idioma español, editada por Ricardo Soca, periodista uruguayo que vive en Río de Janeiro, y que, desde allí, envía a través de la Internet información actualizada sobre los recursos disponibles en la red relacionados con nuestra lengua: diccionarios electrónicos, correctores ortográficos, reglas de español actual, consultas gramaticales, periódicos con edición electrónica, seminarios, congresos, traducciones, y ha comenzado la redacción de un "manual de estilo periodístico" cuyas primeras páginas también están en la red a la disposición de los navegantes y esperando sus críticas y comentarios. En otras páginas, creadas por otros cibernautas amantes del español, podemos encontrar hasta el texto íntegro de la gramática de la Real Academia.

    Hay que mencionar también la excelente labor de Ángel Álvarez, quien, además de confeccionar y distribuir en la red un diccionario con los errores más comunes en la traducción de terminología de computadoras del inglés al español , ha creado y es el moderador de un foro de discusión llamado "Spanglish", en el que se plantean problemas de traducción y se discute sobre las diferentes posibilidades, con la intención última de llegar a acuerdos que eviten la dispersión terminológica.

    Termino ya con un ejemplo de esa dispersión, con un ejemplo de cómo, por pereza, se crea un neologismo producto de la adaptación de una voz inglesa al español, una españolización sin más, la del verbo inglés "to chat", que significa "charlar". Pues bien, entre los usuarios hispanohablantes de la Internet, especialmente los americanos, es habitual utilizar el verbo "chatear" para referirse al hecho de "to chat", es decir, de charlar a través de la red. Pero resulta que en España "chatear" es algo muy distinto, y el usuario español recién llegado a Internet que oiga que los cibernautas dedican mucho tiempo a "chatear", pensará que son todos unos borrachines, pues para él, y para el Diccionario de la Real Academia, en las tabernas y entre sus parroquianos, un "chato" es un vaso bajo y ancho de vino, y "chatear" es nada más ni nada menos que ejercitar el "chateo", que no es la "charla", sino ir de taberna en taberna bebiendo "chatos", cosa que, de todas formas, facilita las ganas de "charlar".

     
     

    Sobre teoría y traducción - Leandro Wolfson

    Poco tiempo después de publicarse el número de La linterna de noviembre de 2003, recibo el siguiente mensaje:

    Soy una estudiante de traducción e interpretación de la Universidad de Granada que ha leído sus “Diez etapas en la traducción de un poema”. Nos proponen en la facultad un trabajo sobre la siguiente cuestión: ¿Es necesaria la teoría de la traducción para un traductor profesional? ¿Es útil a la hora de traducir? Me interesaría muchísimo saber su opinión al respecto.

    Tenemos una asignatura en cuarto año que se llama Traductología y allí hemos tratado este tema; yo incluí su artículo, porque aparte de parecerme muy interesante, qué mejor que basarnos en el proceso de traducción de un traductor profesional para saber si éste se remite a la teoría en algún momento.

    Muy agradecida,

    NN

    Antes de darle mi opinión, le pregunto cuál es la de ella. A vuelta de correo me dice:

    Mi opinión quizá sea un poco limitada ya que poco sé sobre la teoría de la traducción. Lo que más me suena es todo aquello de skopos pero considero que tienden a dar vueltas sobre el mismo tema una y otra vez. [...] Desde mi punto de vista, la teoría es poco práctica para el proceso, quizá más para la revisión de un texto ya traducido, pero creo que pocas veces un traductor se remite a Nida para resolver algún problema que le plantee el texto. Además, debe de ser muy complicado tener una teoría que abarque tantos campos, contextos y situaciones como abarca la traducción. [...] También he de decir que hay herramientas traductológicas (manuales de estilo, lingüística de la traducción) que me parecen muy útiles, y que estudiar las corrientes a lo largo de la historia de la traducción no me parece mal.

    Como habrá observado, me pierdo un poco en este tema. Lo que sí tengo claro es que tanto a mí como al resto de mis compañeros nos interesaría mucho incluir su opinión al respecto.

    Mañana a las cuatro hemos de presentar nuestro trabajo en clase...

    Muchas gracias de nuevo

    NN

    La propuesta de esta estudiante me obliga a volver, una vez más, sobre el tema tan polémico de la traducción y (su) teoría. Repaso mentalmente mis propias convicciones después de haber leído tantos libros y artículos, y trato de serle franco. Ésta es mi respuesta:

    Estimada NN:

    Creo que ya llego tarde para tu presentación, pero de todos modos algo quiero decirte.

    Coincido con tu apreciación “intuitiva” de que la teoría no brinda, salvo raras excepciones, herramientas muy útiles para resolver casos concretos.

    La traducción escrita tiene en Occidente más de veinte siglos; la traductología apenas tiene dos o tres décadas. Primera conclusión: casi todas las traducciones, desde la de la Biblia en adelante, que enriquecieron la cultura occidental se hicieron sin el auxilio de una teoría sistemática que pudiera llamarse tal. Es obvio, entonces, que nadie –salvo algún profesor de traductología que no sea traductor profesional, y que quiera conservar su puesto–, puede sostener que la teoría es necesaria para traducir.

    Dicho esto, me gustaría reafirmar ahora, aunque parezca paradójico, el punto de vista contrario: la buena teoría es útil y necesaria para: 1) Hacerle reflexionar al traductor sobre sus propias prácticas y procedimientos, a la luz de lo que opinan los demás. 2) Construir gradualmente un conjunto de ideas (una ciencia) que, cuando estén bien depuradas y discutidas, puedan brindar estrategias, técnicas, instrumentos, hipótesis de trabajo, etc. Entre otras cosas, esto permitiría acelerar el proceso de formación y perfeccionamiento, evitándole a cada traductor individual tener que aprender por el costoso y dilatado proceso del ensayo y el error. 3) La teoría me parece necesaria para cualquiera que decida, no ya traducir, sino enseñar a traducir. Un marco teórico, una metodología, algunas referencias bibliográficas de quienes le han precedido, son indispensables en esa situación.

    De hecho, yo he utilizado mucho la teoría en los tres aspectos, sobre todo en el 3 desde que empecé, hace ya más de quince años, a tratar de transmitir mi experiencia a otros.

    A veces, ciertas ideas generales (tú mencionas a los teóricos de la “skopos” y a Nida, no elegiste mal) no tienen una aplicación inmediata concreta, pero con el tiempo van moldeando y mejorando nuestro acercamiento a la tarea.

    Coincido también contigo en que hay herramientas traductológicas más útiles que la teoría propiamente dicha, como las que tú nombras (manuales de estilo, etc.) y algunas otras. Por ejemplo, los libros sobre anglicismos, sobre falsos amigos, sobre estructuras comparadas, etc. En particular, a mí me han enseñado mucho los comentarios o críticas sobre traducciones. A veces esos comentarios pertenecen al propio traductor. El análisis concreto del proceso por el cual un traductor profesional llega a sus decisiones me parece un campo fecundo no muy desarrollado. Mi artículo es un ejemplo, pero habría muchos más, como los prólogos, introducciones o notas que diversos traductores importantes de obras importantes han hecho a lo largo de los últimos cincuenta años.

    Espero haberlos ayudado un poco a ti y a tus compañeros. Si tienen alguna otra consulta, continuemos este diálogo a través del océano.


    Leandro Wolfson es un traductor científico y literario argentino. Tradujo más de 180 libros y gran cantidad de artículos para revistas especializadas. Desde 1995 lleva a cabo cursos de revisión a distancia para traductores al castellano radicados en Estados Unidos y otros países. Es autor de numerosos artículos sobre traducción.

    LA LINTERNA DEL TRADUCTOR: http://traduccion.rediris.es/8/5articulos.htm

    Usos del pronombre personal SE

    Usos del pronombre personal SE
    by 70630.2600@compuserve.com (SpForum)
    Uso no reflexivo
    Se utiliza el pronombre personal SE como sustituto de LE, LES cuando le sigue inmediatamente un pronombre LO, LA, LOS, LAS en función de complemento directo:
  • Se lo di. / Le di el libro.
  • Cuando me los encontré, se lo dije. / Cuando me los encontré, les dije lo que sabía.
  • Uso reflexivo
    Se utiliza en función de complemento directo o indirecto cuando su referente coincide con el sujeto.

  • La niña se peina (reflexivo, complemento directo)
  • A la niña la peina su madre (no reflexivo)
  • La niña se lava la cara (reflexivo, complemento indirecto)
  • A la niña le lava la cara su madre (no reflexivo)
  • Uso recíproco
    Se utiliza de la misma manera que el anterior, pero cuando el sujeto es múltiple o plural y se entiende que cada individuo del sujeto realiza la acción del verbo hacia el otro o los otros.

  • Juan y Pedro se escriben cartas.
  • Indicador de impersonal refleja
    En las oraciones impersonales reflejas, el pronombre SE es un incremento verbal que indica el carácter reflejo e impersonal de la oración, sin ninguna otra función. Solamente puede aparecer en tercera persona.

  • En este restaurante se come muy bien.
  • Indicador de pasiva refleja
    En las oraciones pasivas reflejas, el pronombre SE funciona igualmente como incremento verbal que indica el carácter pasivo de la oración. Solamente se usa en tercera persona.

  • Se venden pisos.
  • Se comenta que subirá la gasolina.
  • Intensificador del verbo
    A veces, el pronombre reflexivo (en cualquier persona) sirve únicamente para intensificar el significado del verbo, en construcciones transitivas o intransitivas.

  • Comió tres platos. / Se comió tres platos. (Transitiva)
  • Fue en seguida. / Se fue en seguida. (Intransitiva)
  • Indicador de voz media
    Indica un proceso que se produce en el interior del sujeto, sin que este sea el agente ni exista ningún agente externo a él. Puede aparecer en cualquier persona (ME, TE, SE, NOS, OS, SE). Existen varios casos distintos:

    Verbos que pueden funcionar como transitivos

    Determinados verbos que funcionan a veces en estructuras transitivas no reflexivas, con sujeto y complemento directo diferentes, admiten la construcción en voz media. En este caso, suelen perder la construcción transitiva con CD y pueden admitir un suplemento.
  • No asuste usted a los niños / No los asuste. (Transitiva)
  • No se asuste usted. (Voz media)
  • Verbos pronominales
    Son verbos pronominales, propiamente, los que exigen la presencia del pronombre reflexivo y no existen sin él. Pueden llevar suplemento.

  • Se arrepintió de lo que había hecho.
  • ¿El o LA orden del día?

    La orden del día
    Algunas notas sobre su etimología y semántica

    Por Enrique C. Picotto
    EXTRAÍDO, CON AUTORIZACIÓN DEL AUTOR,
    DE SU PÁGINA PERSONAL, QUE SE ENCUENTRA EN
    http://mywebpage.netscape.com/epicotto
    /gram/OrdenDiaEtim01.htm#start

    Manuel Seco y otros indican que, en caso de una lista de los asuntos que  han de ser tratados en una junta, con indicación del orden que han de seguir  debería emplearse el orden del día. En ninguna definición de la frase en los  idiomas que la emplean, incluido el español, se hace mención de un orden a seguir. Por el contrario, todas las definiciones indican claramente que se  trata de una lista que especifica fundamentalmente con caracter de una orden  los puntos a resolver y no el orden a seguir en una sesión o junta. 

    Puede incluir o no esta lista una cierta secuencia según la cual deberán tratarse  los puntos que contiene, pero esta posible sucesión es intranscendente en cuanto  a que debiera determinar un cambio semántico, pasando una orden, un mandato,  a ser un orden, una sucesión. Tanto la etimología como el uso generalizado de la  expresión indican en todos los idiomas en que se emplea que sus tres acepciones—  que además poseen un origen común— conllevan la idea de una orden y se trata  por lo tanto, en los tres casos, de la orden del día.  

    Inglés - Origen de la expresión

    La expresión se originó en el parlamentarismo británico: Order of the Day.  La definición del OED (Oxford English Dictionary) on-line dice: 
    25. order of the day.  a. In a legislative body, the business set down for  debate on a particular day (= F. l'ordre du jour) b. Specific commands  or notices issued by the commanding officer to the troops under his  command.  c. colloq. The prevailing rule or custom of the time. 
    1698 House of Commons Jrnl. 8 Apr. (1742-62) XII. 198/2 The House, according  to the Order of the Day, resolved itself into a Committtee of the whole House to  consider further of Ways and Means for raising the Supply granted to his Majesty.  1729 E. KNATCHBULL Parliamentary Diary (1963) 95 The orders of the day were moved for and so this day's debate ended. [...] 
    http://websters.searchopolis.com/ El Merriam-Webster registra:  order of the day (1698) 1: the business or tasks appointed for an assembly for a given day 2: the characteristic or dominant feature or activity <growth and change  are the order of the day in every field --Ruth G. Strickland> 

    http://www.bartleby.com/61/8/O0110800.html The American Heritage® Dictionary of the English Language  Fourth Edition. 2000. order of the day  NOUN : Inflected forms: pl. orders of the day 1. The business to be  considered or done by a legislature or other body on a particular day.  Often used in the plural. 2. The characteristic or most significant aspect  or activity: "Volatility is the order of the day in the stock market." 

    The Macquarie Dictionary indica: order of the day  noun 1.  (in a legislative body) a program of business set down for  discussion on a particular day. 2.  Military specific commands, instructions,  or notices issued by a commanding officer. 3. (humorous) a plan for the  day's activities, as a family picnic, journey etc. 
    De ninguna manera se da en inglés la idea de que el término order significara  aquí una sucesión, una secuencia, un orden. La frase order of the day indica  lo que se debe resolver en la sesión de un determinado día, o sea lo que se ha  ordenado tratar. Analizando una sesión cualquiera del Parlamento Británico  vemos que el empleo dado allí al término order en order of the day no significa  en absoluto un orden o una secuencia:
    http://www.parliament.the-stationery-office.co.uk
    /pa/cm199798/cmvote/cmorder/cm970728.htm
    UK Parliament - House of Commons Order Paper Monday 28 July 1997 [...]

    Encontramos allí:
    ORDERS  [en plural] OF THE DAY AND NOTICES OF MOTIONS  Those marked thus * are Government Orders of the Day    1 FINANCE BILL (ALLOCATION OF TIME) *2 FINANCE BILL [1st allotted day]:  [...] 10 TRANSPORT AND WORKS 11 BROADCASTING
    El análisis de este Order Paper del lunes 28 de julio de 1997 indica que contiene  11 Orders of the Day. Si fuesen entonces once secuencias diferentes para tratar  los asuntos del día, difícil sería creer que se hubiera podido llegar en esa sesión  a algún acuerdo. Las 11 órdenes del día indican claramente que son los 11  puntos que para ese día se ordena resolver.  

    Francés

    Del inglés pasó la expresión al francés, l'ordre du jour
    http://duras.uchicago.edu/cgi-bin
    /ACAD1798.sh?WORD=ordre

    Dictionnaire de L'Académie française (1798) - ORDRE DU JOUR (2:773)

    ORDRE DU JOUR. s. m. Ordre du travail dont une assemblée délibérante  doit s'occuper dans le jour ou tel jour. Passer à l'ordre du jour sur une  proposition, etc. Ne pas la mettre en délibération.
    No existe aquí el concepto de un orden: la expresión Ordre du travail da la idea  de una orden, al tener que ocuparse la asamblea de ese trabajo. Un orden debería  más bien ser observado. Además, estando travail en singular, no cabe aquí ninguna sucesión, ningún orden, ya que es imposible establecer un orden con sólo un objeto  a ordenar. 
    http://duras.uchicago.edu/cgi-bin/ACAD1835.sh?WORD=ordre Dictionnaire de L'Académie française, 6th Edition, 1835

    Ordre du jour, se dit, dans les assemblées délibérantes, Du travail dont  l'assemblée doit s'occuper dans le jour. On écarta cette proposition, et l'on  passa à l'ordre du jour

    Grand ordre du jour, Les affaires qui ont le plus d'importance.  Petit ordre du jour, Celles qui ont le moins d'importance et qu'on  traite les premières. 

    Il se dit également Des publications qui se font par ordre du général.  Cet avis, ce trait de bravoure a été mis à l'ordre de l'armée. Cette défense  a été mise à l'ordre. Ordre du jour. 
    De manera alguna encierra la expresión en francés —lo mismo la inglesa—  una idea de sucesión o secuencia, de un orden, sino que es aquello de lo que  l'assemblée doit s'occuper dans le jour, se debe ocupar en el día, sin precisar qué  orden, qué secuencia tendría que observar al hacerlo. Es una orden del día. 

    Se indica además que hay un[a] Grand ordre du jour y un[a] Petit ordre du  jour. Si bien existe aquí una idea de prioridades, está dada por la importancia  de lo ordenado. Esto se podría lograr de la misma manera con un solo orden, si el término ordre fuera aquí una secuencia o sucesión, y no tendría sentido  entonces hablar de un gran orden y de un pequeño orden. 

    Vemos también que la expresión militar es la misma: Il se dit également Des publications qui se font par ordre du général. Esta misma idea la  registró María Moliner, quien habla de la orden del día en ambos casos.  En italiano y en portugués tienen estas expresiones, de la misma manera,  un origen común. 

    Asamblea Nacional Francesa 
    Indica la Asamblea Nacional Francesa en su Petit Lexique Parlementaire http://www.assemblee-nat.fr/1/1lexique.html

    ORDRE DU JOUR : Liste des textes et sujets que les députés doivent  examiner en séance publique. L'ordre du jour est fixé, chaque semaine,  en Conférence des Présidents, et retient en premier lieu les textes pour  lesquels le gouvernement demande la priorité. 
    Grand Larousse Universel  Tome 11, p. 7616 
    Ordre du jour, liste des questions qui donneront lieu à délibération lors d'une réunion d'un conseille, d'une assemblée. || Passer à l'ordre  du jour, se dit lorsque, les délibérations ayant conduit á s'écarter des  questions mises en délibération, le président clôt la discussion en  ordonnant le retour a l'ordre du jour. 
    Petit Robert 
    Pag.1198  ORDRE DU JOUR.- Matières, sujets dont une assemblée delibérante  doit s'occuper, tour a tour, dans un certain ordre.  ORDRE DU JOUR d'un chef militaire: l'ensemble des instructions,  de ses ordres pour la journée. «Citer un soldat à l'ordre du jour, le  signaler pour sa belle conduite». 
    Vemos en todas estas definiciones —como en las demás— que la importancia  de l'ordre reside en su naturaleza de mandato: doivent examiner, doit s'occuper donneront lieu à délibération, llevando el carácter de una orden. En cuanto a  una posible secuencia, a un orden de ejecución de los puntos a tratar, habla el  Petit Robert sólo de un «cierto orden», en sentido indeterminado, o sea que no es concreto ni definido: el orden es aquí intranscendente.  

    Inglés y Francés

    Es posible además realizar un análisis cotejado de la locución en inglés  y francés estudiando los procedimientos del Parlamento bilingüe del  Canadá. Se explica allí expressis verbis que el orden de los temas a tratar  en sus sesiones no está contenido en la orden del día. El capítulo VI de las  reglas de debate dice:

    http://www.parl.gc.ca/standingorders/chap6.html

    PROCESS OF DEBATE - LE PROCESSUS DU DÉBAT

    40. (1)  All items standing on the Orders of the Day, except Government Orders, shall be taken up according to the precedence assigned to each on the Order Paper.

    40. (1)  Toutes les affaires portées à l'Ordre du jour, excepté les Ordres émanant du gouvernement, sont abordées d'après la priorité respective qui leur est assignée au Feuilleton.
    Se habla aquí claramente de la precedencia, prioridad, o sea del orden en  que se deban tratar los asuntos, pero este orden, esta secuencia, se define  en el Order Paper / Feuilleton, y no en las Orders of the Day / Ordre du jour,  que sólo indican qué es lo que se deba tratar, pero no en qué orden.   

    Alemán 


    Kluge, Etymologisches Wörterbuch:
    Tagesordnung f. Ingl. order of the day se introduce como término técnico del parlamentarismo en Francia en forma de traducción calcada, ordre du jour, que en  los próximos años se convierte en un frase hecha política (especialmente en la fórmula on passe à l'ordre du jour) y se encuentra como tal en textos alemanes desde 1790. Como traducción calcada aparece Ordnung des Tages en febrero de 1791, Tagesordnung desde Archenholz  1793, Die Pariser Jacobiner, p. 180 [...] 
    Meyers Enzyklopädisches Lexikon Tomo 23, p. 158 
    Tagesordnung f:  Zusammenstellung der Beratungspunkte  einer Sitzung oder Tagung. (Relación de los puntos a tratar  en una sesión o asamblea)
    La frase, calcada de ordre du jour, indica lo que deba tratarse y su  correcta interpretación es la de una orden.  

    Italiano
    http://www.garzanti.it/....Garzanti Linguistica ordine del giorno, foglio diramato quotidianamente da un'amministrazione,  un comando militare ecc., con comunicazioni varie; elenco degli argomenti  che devono essere discussi in una riunione o anche proposta scritta di carattere programmatico che si mette ai voti: mettere, essere all'ordine del  giorno; presentare, votare, approvare, respingere un ordine del giornoessere all'ordine del giorno, (fig.) essere comune, diffuso, o d'attualità 
    Portugués
    http://www.uol.com.br/michaelis/....Michaelis Ordem do dia (sf): a) matéria de que uma assembléia se deve ocupar especialmente  durante a sessão;  b) Mil: publicação que o comandante do corpo faz cada dia, com  a discriminação dos serviços, instruções e formaturas que devem ser executados;  c) Mil: momento ou ocasião do dia em que o general distribui as  suas ordens aos corpos que estão sob o seu comando. 


    Español 

    DRAE
    [orden] del día. 1. Determinación de lo que [en el día de que se trata] deba ser objeto de las discusiones o tareas de una asamblea o corporación. 2. Mil. La que diariamente se da a los cuerpos de un ejército o guarnición señalando el servicio que han de prestar las tropas. 
    Julio Casares 
    [orden] del día.  Lista de los asuntos que [en una determinada fecha] han de tratarse en una asamblea o corporación.|Mil. La que diariamente se da a  los cuerpos de un ejército o guarnición.
    María Moliner 
    Indica María Moliner en su obra original

    O. DEL DÍA. Lista de los asuntos que han de ser tratados en una  *reunión, *consejo, *asamblea, etc.  ESTAR una cosa A LA ORDEN DEL DÍA. Ser usual o frecuente en el tiempo  o lugar de que se trata: ‘Los suicidios estaban a la orden del día’.

    María Moliner hace en su DICCIONARIO DE USO DEL ESPAÑOL nueve  remisiones a ORDEN DEL DÍA en asamblea, asunto, contraseña, cuestión,  día, lista, orden, proyecto y sesión. En CONTRASEÑA indica: Palabra que  se da en la orden del día y que, añadida al santo y seña, sirve para el reconocimiento y recibo de las rondas. 

    Se refiere aquí, sin lugar a dudas, al uso de orden del día en el ámbito militar, que no especifica separadamente, lo que hace pensar que se  pudiera incluir dentro del etcétera de su única definición de O. DEL DÍA
    Miguel de Toro y Gisbert
    El Nuevo Pequeño LAROUSSE Ilustrado (1954), adaptado al español por  el Dr. Miguel de Toro y Gisbert, miembro correspondiente de la Real  Academia Española en Francia, indicaba: 
    La orden del día, asuntos en que debe ocuparse una asamblea  en cada sesión. 
    Santamaría, Cuartas y Mangada 
    Diccionario de incorrecciones, particularidades y curiosidades del lenguaje (Paraninfo, Madrid, 1975, ISBN 84-283-011 2-3) Se registraba aquí el orden del día expresamente como una incorrección. Debía decirse la orden  del día. 
    Emilio M. Martínez Amador 
    En su Diccionario Gramatical dice sobre el género de orden
    En estos casos no cabe duda acerca del género; pero sí cuando  se trata, por ejemplo, de «orden del día»; pues si en el lenguaje parlamentario se dice, a la francesa, «pasar al orden del día»,  la frase familiar corriente para designar la boga de una cosa es:  «está a la orden del día». 
    Pero lo que no indica Martínez Amador es que decir el orden del día no sólo sería un galicismo, sino que al hablar de un orden se cambia  el sentido de la frase, haciéndose de un mandato una secuencia que  no existe, según vimos, tanto en francés como en inglés —de donde la  frase proviene— ni en otras lenguas. Si bien en francés se dice l'ordre du jour, se debe simplemente a que ordre existe en francés sólo en  masculino. No obstante, ordre significa aquí una orden y no un orden,  por más que l'ordre pueda sonar a «el orden» en oídos menos advertidos. 
    ¿El orden del día?

    Así como en inglés y francés, tampoco en italiano ni en portugués existe en  la expresión una idea de sucesión, de secuencia, de un orden; lo mismo en  castellano. Pero sí se hallan en todas las definiciones formas verbales como  devono essere discussi, se deve ocupar, deba ser objeto, han de tratarse, debe  ocuparse, han de ser tratados, doit s'occuper, doivent examiner, donneront  lieu à délibération, business set down, tasks appointed, business to be considered or done, con las que claramente se imparte la idea de mandato a cumplir, de observancia, pero jamás de un orden, de una secuencia o sucesión. 

    En consecuencia, es impropio hablar de «el» orden del día, pues esta idea  de un orden no existe en la frase. La forma correcta, la orden día, se emplea  corrientemente tanto en España como en Hispanoamérica. Este uso está  documentado en numerosos ejemplos tomados de sesiones de parlamentos,  de universidades y de todo tipo de instituciones, oficiales y privadas, así como  de la prensa diaria, que pueden consultarse aquí:
       LA ORDEN DEL DÍA - 250 ejemplos documentados del empleo de la frase